Fabio solo la observó en silencio.
Hasta que vio cómo Vanesa humillaba su cabeza por completo frente a él.
Una retorcida sensación de triunfo lo embargó, y su respiración se volvió más pesada y errática.
Recién entonces, tomó el teléfono y llamó al mayordomo.
En cuestión de segundos, Vanesa escuchó los pasos acercándose al pasillo.
Se llevaron a Vicente.
Pero esa pequeña distracción de Vanesa le costó el castigo más implacable por parte de Fabio.
Fue una eternidad. Una tortura tan larga que Vanesa sintió que estaba a punto de morir.
Cuando por fin terminó, su cuerpo colapsó sobre el colchón, sin una gota de fuerza.
Fabio se apartó de ella bruscamente y, sin siquiera dirigirle una mirada, caminó directo al baño.
Vanesa se quedó jadeando sobre la cama por varios minutos.
Pero no perdió más tiempo. Ignorando el dolor punzante en su vientre, se vistió a toda prisa.
Se miró en el espejo, asegurándose de que la ropa cubriera cualquier rastro de la agresión, y salió del dormitorio principal.
Esta vez, Fabio no intentó detenerla.
Vanesa encontró a Vicente en su habitación.
El doctor, que había llegado sin que ella se diera cuenta, lo estaba revisando.
Vicente estaba alterado y se resistía al examen.
Pero en el instante en que vio entrar a su hermana, pareció recuperar el aliento: —Vane... ¡Vane!
—Estoy bien. Lo que pasó fue que Fabio llegó con unas copas de más e hizo un desastre. Cuando escuché el ruido, el mayordomo ya te había traído a tu cuarto —mintió Vanesa sin que le temblara la voz.
Con una ternura infinita, le pidió perdón: —Lo siento mucho, de verdad, no escuché que estabas llamando. No te preocupes, ya pasó. Hazle caso al doctor, ¿sí?
No dejaba de acariciarle la frente, intentando calmarlo.
Vicente asintió lentamente, dejándose revisar por fin.
Al ver que se relajaba, el pánico que apretaba el pecho de Vanesa cedió un poco.
Pero la opresión en su alma se volvió aún más pesada. Era una sensación de asfixia que no la dejaba en paz.
Por mucho que se convenciera de que ya estaba acostumbrada a esta vida, cada vez que recordaba la realidad, el peso la aplastaba.


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