Diez minutos después, salió el médico y Fabio se acercó rápidamente.
"Tranquilo, tanto la señorita Rivas como el bebé están en perfectas condiciones," explicó el doctor. "Pero es importante que no sufra sobresaltos emocionales, podría ser peligroso."
Fabio asintió.
Cuando Giselle salió en la silla de ruedas, al ver a Fabio, su rostro pálido se llenó de culpa y dramatismo.
"Lo siento tanto... Si algo le hubiera pasado al bebé, la culpa me habría matado," dijo, tomando la mano de él.
"El bebé está bien," respondió Fabio en un tono neutro.
Giselle asintió, fingiendo alivio.
Fabio la acompañó a su habitación. Una vez que la puerta se cerró, ella lo miró con ojos lastimeros.
"Fabio, perdóname. No debí hacer un berrinche para acompañarte. Si me hubiera quedado, no habríamos peleado y tú no te habrías accidentado," se disculpó. "De hecho, fui a tu habitación para pedirte perdón, pero no imaginé que..."
Bajó la mirada para ocultar el profundo odio que sentía por Vanesa, pero cuando volvió a levantar la vista, su expresión era de pura vulnerabilidad.
"Entiendo que, con mi embarazo, necesites a una mujer a tu lado. Y más siendo Vanesa. Teniéndolo en cuenta, ella tiene toda la razón: yo soy la tercera en discordia que está destruyendo su matrimonio."
Grandes lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas.
Fabio entrecerró los ojos, captando un detalle clave. "¿Cuándo viste a Vanesa?", preguntó directamente.
"Vino a buscarme hace un rato. Estaba muy molesta y me dijo un par de cosas duras. Es comprensible, después de todo, tú y yo tuvimos el accidente juntos. Ella te ama tanto que es normal que se desquite conmigo. Lo hace porque se preocupa por ti, así que por favor, no la culpes," mintió Giselle, actuando con falsa nobleza.
Su delicada mano se aferró a la de Fabio, cada palabra impregnada de una sinceridad fabricada.


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