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EL HOMBRE POR EL QUE LO DEJÉ TODO NUNCA ME AMÓ romance Capítulo 269

Vanesa soltó un simple «Oh» y asintió, sin negar ni confirmar nada.

De repente, el ambiente se impregnó de una sutil frialdad.

Fue Fabio quien rompió el silencio: —Duérmete.

No pronunció una sola palabra más.

Y Vanesa tampoco quiso insistir ni buscarse problemas.

Tal vez por el agotamiento físico o por otra razón, poco después de acostarse, Vanesa se quedó profundamente dormida.

Una vez que Fabio se aseguró de que ella descansaba plácidamente...

Se levantó de la cama sin hacer el menor ruido.

Pero no salió de la habitación; simplemente se quedó de pie junto al ventanal.

Desde ese ángulo, todavía podía ver a Giselle.

Ella no mostraba la menor intención de marcharse.

La lluvia en Jalapa arreciaba cada vez más.

El paraguas que el mayordomo le había entregado ya no servía de nada.

El agua caía de forma torrencial y en diagonal, golpeando su cuerpo como si fueran cuchillas de hielo.

Incluso Fabio, viéndolo desde detrás del cristal seguro, sentía la crudeza del temporal.

Pero sabía muy bien que todo aquello era una partida de ajedrez.

Él y Giselle llevaban demasiado tiempo en ese tira y afloja.

Y eso solo significaba que este juego de manipulaciones se volvería eterno.

Si alguno de los dos cedía en ese momento, estaba condenado a seguir bajando la cabeza por el resto de su vida.

Y el orgullo de Fabio le prohibía tajantemente ponerse en una situación tan denigrante.

Por eso, Fabio no movió ni un músculo.

La pantalla de su celular se iluminaba intermitentemente.

Pero él lo había puesto en silencio.

Así que el dormitorio principal permanecía en absoluta calma.

Sin embargo, en la pantalla solo aparecía el nombre de Giselle llamando una y otra vez.

Fabio no contestó.

Pero tampoco podía negar que la actitud extrema de Giselle lo había acorralado por completo.

Era la primera vez que no lograba anticipar quién terminaría ganando aquel retorcido duelo.

Las manos de Fabio, aún en los bolsillos del pantalón, se cerraron lentamente en puños.

El brillo de su mirada se volvió cada vez más lúgubre y sombrío.

Probablemente, Fabio sintió el peso de su mirada.

Se giró hacia ella con naturalidad.

Sus miradas chocaron en la penumbra.

Ninguno de los dos se apresuró a hablar; solo se observaban en silencio.

—¿Qué pasa? —le preguntó Fabio con un tono desapasionado.

Su voz era tan plana y carente de emociones que resultaba imposible adivinar lo que realmente sentía.

Vanesa bajó la mirada, como si estuviera sopesando sus opciones.

Fabio tampoco dio el primer paso.

Hasta que, finalmente, se escuchó la voz de Vanesa: —Está lloviendo afuera.

Fabio emitió un simple: —Mjm.

A Vanesa no le importó su parquedad y continuó: —El ruido de la lluvia es muy fuerte, parece que el aislamiento acústico del cuarto no es muy bueno. Además, la pantalla de tu celular no deja de encenderse y la luz me molesta en los ojos.

Habló sin prisa, pero todo lo que decía eran meras excusas.

El aislamiento acústico de la villa era impecable; el ruido no podía molestar a Vanesa.

Y el celular ni siquiera estaba en la mesa de noche de Vanesa, sino sobre el escritorio.

El brillo de la pantalla ya había sido ajustado al mínimo por el mismo Fabio.

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