El rostro de Vanesa palideció. Tras siete años de matrimonio, sabía perfectamente lo que él pretendía hacer. No quería, ni podía permitírselo. Tenía pánico de que lastimara al bebé. Las pesadillas del pasado seguían atormentando su mente.
Pero Fabio parecía disfrutar prolongando su tortura. Vanesa estaba inmóvil, observando cómo él se desabrochaba lentamente los botones de la camisa. Su pecho musculoso quedó al descubierto. Se quitó la corbata y, de un movimiento experto, le ató las muñecas mientras ella forcejeaba inútilmente.
"¡Fabio, suéltame! ¡Suéltame!", gritaba, retorciéndose con desesperación.
Fabio bajó la mirada, inmovilizándola con su peso, y soltó una carcajada amarga: "¿Sabes qué pareces? Alguien que busca desesperadamente llamar mi atención."
"¿Con qué cara te atreves a compararte con Giselle? Ella es egresada de una universidad prestigiosa y es una actriz premiada. ¿Y tú? Ni siquiera te graduaste. Si el abuelo no se hubiera encaprichado con la superstición de casarnos para salvarle la vida, ¿crees que habrías podido unirte a la familia Serrano?"
"..."
"Lo único que quieres es que te preste atención. Entonces, ¿para qué te haces la difícil? Simplemente te estoy cumpliendo el capricho."
Sus palabras estaban cargadas de veneno. Sus manos tomaron el control de su cuerpo; el tacto frío y brusco le provocó a Vanesa escalofríos de repulsión. Las relaciones íntimas habían dejado de ser amorosas para convertirse en una tortura.
En el pasado, Fabio solía ser tierno; esperaba a que ella estuviera cómoda antes de tomarla. Ahora, la estaba utilizando como un simple desahogo, sabiendo que Giselle, al estar embarazada, no podía tener intimidad.
Presionada contra el sofá, Vanesa luchaba con todas sus fuerzas. Sentía asco. Se negaba rotundamente.
Vio cómo el rostro de él se giraba por la inercia del golpe. La marca de los cinco dedos se pintó de un rojo furioso en su piel. El brazo derecho de Fabio aún estaba malherido y sin fuerza. Desequilibrado por el impacto, cayó del sofá y chocó de lleno contra la pesada mesa de centro antigua, que tenía bordes afilados.
En un instante, el vendaje blanco comenzó a teñirse de rojo oscuro. La herida de Fabio se había abierto. Un dolor desgarrador lo atravesó, pero no se quejó. Simplemente se quedó mirando a Vanesa, probablemente conmocionado por el golpe.
Vanesa, por el contrario, mantuvo una calma gélida. Ni siquiera se acercó a ayudarlo. Se quedó de pie, jadeando. Fabio frunció el ceño con confusión. En el pasado, Vanesa habría corrido a socorrerlo entre lágrimas. Ahora, lo miraba con la misma indiferencia con la que miraría a un extraño.
Con absoluta frialdad, Vanesa tomó su celular frente a él y marcó al hospital. "Hola, soy Vanesa Arias. El señor Serrano se encuentra en mi apartamento. Su herida se acaba de abrir, por favor, envíen a alguien." Pronunció cada palabra con un tono glacial. Sin siquiera esperar la respuesta, dio la dirección y colgó la llamada.

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