Todos entendieron la insinuación detrás de esas palabras.
Mientras hubiera una córnea compatible, había que apoderarse de ella sin importar el costo.
Incluso si significaba arrebatarle la vida a la otra persona, no habría piedad.
Fabio no dijo nada más y, con el rostro sombrío, se dirigió a la habitación.
Bruno no tardó en seguirlo.
En la habitación, Giselle ya había despertado.
Al ver a Fabio, sus ojos se llenaron de lágrimas de inmediato.
"Fabio, perdóname..." se disculpó Giselle.
Fabio caminó rápidamente hacia ella.
Sin pensarlo dos veces, Giselle se aferró a él, abrazándolo con fuerza.
"Tenía tanto miedo de que me ignoraras para siempre. Tenía miedo de que mi bebé se quedara sin padre", lloraba desconsolada.
Ese terror profundo era más que evidente.
Fabio le hablaba en un tono suave y reconfortante: "Ya no llores, pórtate bien, ni a ti ni al bebé les pasará nada".
"¿De verdad ya no estás enojado?" Giselle lo miró, tensa.
"¿Cómo podría enojarme contigo?" El tono de Fabio se volvió más cálido.
Solo esa actitud logró tranquilizar a Giselle, quien asintió con obediencia.
"Te prometo que no volveré a ser caprichosa ni impulsiva. Pase lo que pase, me quedaré siempre a tu lado", le juró a Fabio, con afán de complacerlo.
"De acuerdo", respondió Fabio.
Giselle se acurrucó plácidamente en el pecho de Fabio.
Él la abrazó y guardó silencio durante mucho tiempo.
Bruno, parado a un lado, tampoco pronunció palabra.
Solo cuando Giselle se separó un poco de Fabio, miró a Bruno y dijo: "Bruno, muchas gracias".
"No es nada", respondió Bruno sin darle importancia, asintiendo con calma.
Fabio y Bruno cruzaron una mirada llena de complicidad.
No le mencionaron a Giselle nada sobre el riesgo de perder la vista.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: EL HOMBRE POR EL QUE LO DEJÉ TODO NUNCA ME AMÓ