Ahí estaba, de pie junto a la ventana en completo silencio, acariciándose el vientre con las manos.
Con la mirada baja, observándolo.
Ese simple gesto irradiaba una ternura y tranquilidad inmensas.
Pero esa dulzura era exclusiva para su bebé, no para él.
Como si presintiera que alguien la observaba, Vanesa frunció el ceño y giró hacia la puerta.
Entonces lo vio.
Sus miradas se encontraron a través del cristal.
Pero Vanesa no mostró la menor sorpresa ni alegría.
Mucho menos interés en Fabio.
Rápidamente, apartó la mirada, ignorándolo por completo.
Esa escena hizo que la irritación de Fabio estallara.
Sin pensarlo, empujó la puerta con fuerza y apareció ante ella con el rostro desfigurado por la ira.
La puerta golpeó contra la pared con un estruendo.
Vanesa frunció el ceño, levantó la vista hacia Fabio, y siguió sin decir una palabra.
—Vanesa, ¿tienes algún problema conmigo que me pones esa cara? —le recriminó Fabio.
Vanesa respondió con absoluta calma: —Te estás imaginando cosas. Solo estoy esperando mi desayuno.
Justo en ese momento, una joven del personal de servicio entró en la habitación de manera oportuna.
Al ver a Fabio, se quedó paralizada del susto.
Pero aun así, hizo una reverencia.
—Señor Serrano.
Luego miró a Vanesa: —Señora, aquí tiene su desayuno.
—Déjalo ahí —asintió Vanesa.
Fabio observó todo en silencio.
Vanesa trataba al personal de servicio con una suavidad increíble.
Un contraste brutal con la forma en que lo trataba a él.
¿Cómo iba a estar contento?
Para colmo, Vanesa ni siquiera lo miró una sola vez durante toda la interacción.
Lo trataba literalmente como si fuera un fantasma.
Fabio soltó una risa mordaz.
Un segundo después, de un manotazo, barrió al piso todo el desayuno que la empleada acababa de colocar en la mesa.
En un instante, el suelo quedó hecho un desastre.
Pero al pasar por el lado de Fabio, él le agarró el brazo con brusquedad.
Ella levantó la mirada hacia él.
—Vanesa, deja de fingir superioridad delante de mí —le advirtió Fabio, arrastrando cada palabra.
—No estoy fingiendo nada —respondió ella con una pasmosa tranquilidad.
Fue él quien había irrumpido de la nada y destruido su desayuno sin motivo alguno.
Y ahora él era quien intentaba echarle toda el agua sucia a ella.
Diciendo que ella era la que fingía.
Pero a Vanesa ya ni siquiera le quedaban energías para defenderse.
Si él ya la había condenado, ¿para qué molestarse?
—Vanesa, no me lleves al límite, ¿me oíste? —gruñó Fabio en voz baja.
Vanesa siguió de pie, sin inmutarse.
Al segundo siguiente, él alzó la voz:
—¡En cuanto termines tus revisiones médicas esta mañana te regresas a la casa!
—Está bien —asintió Vanesa de forma sumisa.
Con la misma indiferencia fría y distante de siempre.

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