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EL HOMBRE POR EL QUE LO DEJÉ TODO NUNCA ME AMÓ romance Capítulo 291

Fabio Serrano sintió que el aire se le atascaba en el pecho; su rostro se ensombreció con una furia aterradora.

Vanesa Arias lo miró fijamente. —Antes de volver, quiero ir a ver a Vicente. Llevo días sin visitarlo y no quiero que empiece a imaginarse cosas.

Su voz sonaba tranquila, y su petición era completamente razonable. Vicente Arias había ingresado al Sanatorio Valle de Paz para sus revisiones periódicas, por lo que era natural que ella quisiera ir a verlo. Antes, Fabio no se lo había impedido, pero con todo lo ocurrido en los últimos días, Vanesa no había podido ir y, sinceramente, le aterrorizaba que su hermano estuviera preocupado.

Fabio soltó una risa burlona. —No hay necesidad. Si está bien, volverá.

Era un rechazo rotundo, algo que Vanesa ya había anticipado. No se alteró, solo respondió con frialdad: —Fabio, ¿te divierte seguir usando a Vicente para amenazarme?

No le guardó ni un gramo de respeto, desenmascarándolo sin piedad. Pudo ver cómo la mirada de su marido se llenaba de una oscuridad escalofriante. La tensión en la habitación del hospital estaba a punto de estallar, pero a Vanesa ya no le importaba nada. Había tocado fondo. Simplemente se quedó de pie, en absoluto silencio.

—Tú... —murmuró Fabio, señalándola con el dedo, con la mandíbula tan apretada que parecía a punto de romperse.

Vanesa se preparó para recibir un golpe, pero al final, Fabio logró contener su impulso. Dio media vuelta con el rostro gélido y salió dando un portazo que hizo temblar las paredes.

Vanesa dejó escapar un suspiro de alivio, aunque un nudo de angustia seguía instalado en su pecho. Se obligó a calmarse y dejó que el personal de servicio entrara a limpiar el desastre de la habitación.

—Señora, le traeré un desayuno nuevo —dijo una de las empleadas con tono servicial.

—Te lo agradezco —respondió ella en voz baja.

Por instinto, todos los músculos de su cuerpo se tensaron. Era un estado de alerta puro. Su sexto sentido le gritaba que la presencia de Giselle allí no auguraba nada bueno, pero se obligó a mantenerse firme y serena.

Fue Giselle quien rompió el hielo: —Vanesa, cuánto tiempo sin vernos.

Su tono sonaba casual, pero escondía una clara provocación. Vanesa no tenía ninguna intención de seguirle el juego. Ni siquiera la miró a los ojos; aceleró el paso para rodearla y marcharse.

Giselle se quedó inmóvil. Lo primero que saltaba a la vista era su vientre. A diferencia de Vanesa, que prefería usar vestidos holgados para no incomodar al bebé, Giselle adoraba usar ropa ajustada, como si necesitara que el mundo entero supiera que estaba embarazada.

Sin embargo, al verla de cerca, Vanesa notó algo extraño en la barriga de Giselle. No sabría explicar qué era, pero algo no encajaba. De todos modos, decidió ignorarlo. Ese asunto no era problema suyo; para Vanesa, Giselle Rivas era sinónimo de problemas, y quería estar lo más lejos posible de ella.

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