Vio la mirada desorbitada y el pánico absoluto en el rostro de Giselle.
Y presenció la misma escena sangrienta que el resto del mundo había atestiguado poco después.
Directa y desgarradora.
—Vanesa, eres increíble... —murmuró Fabio, con un semblante oscuro y aterrador.
Carlos Medina, con mucha cautela, preguntó: —Señor Serrano, ¿entregamos esta evidencia a la policía?
Ese era el estilo de trabajo del Asistente Medina: metódico y cauteloso. No estaba seguro de cuál era la verdadera postura de su jefe respecto a Vanesa.
Al menos últimamente, muchas de las decisiones de Fabio resultaban incomprensibles.
Por el momento, la policía aún no tenía acceso a ese video de vigilancia en particular. Solo contaban con grabaciones hechas por transeúntes con sus teléfonos celulares; mostraban casi lo mismo, pero no servían como pruebas contundentes.
La copia que Carlos tenía en sus manos era suficiente para condenar a Vanesa sin lugar a dudas.
—Hay que destacar que, por el ángulo de la cámara y los cortes en el metraje, no se escucha qué se dijeron la señora y la señorita Rivas antes del forcejeo —añadió Carlos con total imparcialidad, sin intenciones de proteger a ninguna de las dos.
Fabio soltó una risa fría y despectiva.
Sus palabras fueron de una crueldad absoluta: —Ojo por ojo. Quien mata, lo paga. Que el proceso legal siga su curso natural.
—Entendido —asintió Carlos.
Ambos salieron del lugar, caminando uno detrás del otro.
La noticia del presunto intento de asesinato a manos de Vanesa y la pérdida del bebé de Giselle seguía acaparando el titular de todos los medios. Y, dado que Fabio no hizo ningún esfuerzo por contener la situación, la opinión pública ya había fabricado incontables teorías conspirativas.
Los paparazzi se aglomeraban como buitres en la entrada del hospital, desesperados por conseguir la exclusiva.
Al ver salir a Fabio, el enjambre de reporteros enloqueció.
—¡Señor Serrano! ¿Es cierto que el bebé que esperaba Giselle Rivas era suyo?
—¿Vanesa Arias atacó a Giselle porque temía perder su posición como su esposa?
—¡Señor Serrano! Giselle Rivas ya presentó cargos penales, ¿intervendrá usted en el proceso legal?
—¿Piensa divorciarse de Vanesa Arias?
Vanesa estaba pálida como un fantasma. Se la veía alterada, con los nervios a flor de piel.
Permanecía sentada al borde de la cama, inmóvil. Pero el más mínimo crujido a su alrededor la hacía sobresaltarse de puro terror.
Durante esos últimos días, Vanesa había estado atrapada. No solo le era imposible salir de la mansión; ni siquiera podía abandonar esa habitación. Era una prisionera en su propia casa.
El personal de servicio le llevaba las tres comidas del día y se quedaba observándola hasta que terminara el último bocado.
En la puerta había guardias vigilando.
Dentro de la habitación habían instalado cámaras que alguien monitoreaba las 24 horas para asegurarse de que no intentara cometer ninguna locura.
Por supuesto, no había conexión a internet. Su teléfono celular había sido confiscado hacía tiempo, aislándola por completo del mundo exterior.
Y lo peor no era eso.
Los fanáticos más desquiciados de Giselle habían descubierto que Vanesa estaba refugiada en la mansión Serrano. A raíz de ello, docenas de paquetes macabros y sangrientos empezaron a llegar por correo.
Eran maldiciones, amenazas de muerte dirigidas hacia ella.

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