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EL HOMBRE POR EL QUE LO DEJÉ TODO NUNCA ME AMÓ romance Capítulo 34

Vanesa esperaba, pero un oscuro presentimiento comenzó a devorarla por dentro.

Cuando el policía terminó la llamada, su mirada hacia ella cambió por completo. Era una mezcla de incomodidad y advertencia.

"Señorita Arias, le sugiero que resuelva esto por las buenas y en privado", dijo el oficial secamente.

Vanesa frunció el ceño.

"¿A qué se refiere?".

El oficial le tendió un papelito.

"Llame usted misma y lo entenderá".

Sin dar más explicaciones, los policías se llevaron a los cobradores.

Vanesa bajó la mirada hacia el papel.

Al reconocer los dígitos, sintió una puñalada en el estómago.

Era el número de Carlos Medina.

El autor intelectual de toda esta pesadilla era Fabio Serrano.

Lo comprendió todo en un segundo.

Estaban en Jalapa; Fabio tenía mil y un recursos para acorralarla y obligarla a arrodillarse.

Y él sabía perfectamente cuál era su punto débil.

Ese apartamento era el único refugio que le quedaba, la última conexión física con sus padres.

Por nada del mundo dejaría que se lo quitaran.

Y para salvarlo, solo había un camino: buscar a Fabio.

Tomó aire, tragándose el orgullo, y tomó un taxi directo a las oficinas de Grupo Serrano.

Al bajarse frente al imponente edificio, no dudó y lo llamó.

Ahora era ella quien estaba a su merced.

No tenía margen para jugar a la dura, y él detestaba que lo desafiaran.

Repasó en su mente cada palabra que iba a decirle.

El tono de llamada cesó, pero fue la voz de Carlos la que respondió:

"Señora, ¿buscaba al señor Serrano?".

"Sí", confirmó ella.

"Me temo que el señor Serrano está en una junta importante. No es un buen momento", la despachó el asistente con elegancia.

Y ahí lo esperaría.

Pasaron los minutos y luego las horas.

El embarazo y la falta de descanso le pasaron factura. El dolor en la espalda baja la obligaba a retorcerse, cubierta en un sudor frío.

Pero no podía claudicar.

No perdería la casa de su mamá.

Tenía que resistir.

El tiempo se volvió una tortura.

Sentía las piernas de plomo, el vientre le daba pinchazos constantes. Se acariciaba el estómago tratando de calmar al bebé, aunque apenas funcionaba.

Miró su celular: 7:20 de la noche.

Con razón el cielo ya estaba negro.

Por un instante, la calle dio vueltas frente a sus ojos.

Estaba al borde del desmayo.

Justo entonces, el destello ciego de unos faros le golpeó el rostro.

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