Vanesa no respondió; solo siguió observando.
No encontraba ninguna fisura en lo que veía que alimentara sus dudas.
Y Fabio permaneció a su lado todo el tiempo.
Después de un largo silencio, Vanesa se giró hacia él.
—Quiero saber por qué Vicente estaba bien y, de un momento a otro, terminó así. —Cada palabra fue pronunciada con una claridad escalofriante.
—Averiguaré qué pasó y te lo diré —le prometió Fabio.
Fabio prometía demasiadas cosas.
Pero cumplía muy pocas.
Vanesa no confiaba plenamente en él.
Sin embargo, dadas las circunstancias, no tenía más remedio que aferrarse a esa promesa.
Al final, guardó silencio.
—Entonces, ¿ya estás satisfecha? —preguntó Fabio con tranquilidad.
Vanesa siguió sin contestar.
A él no le importó: —Ya lo viste. Ahora vas a venir conmigo.
Dicho esto, la guio fuera del área de la UCI.
La condición de Vanesa, aunque estable de momento, era precaria.
Mantenerla en el hospital, rodeada de tanto estrés, no le haría ningún bien.
Tras consultarlo con el médico, Fabio se la llevó directamente de allí.
Vanesa no lo pensó demasiado.
Instintivamente, asumió que la llevaría de regreso a la mansión Serrano.
Después de todo, ese era el lugar perfecto para seguir torturándola.
Pero cuando reaccionó y miró a su alrededor...
Se dio cuenta de que el auto estaba estacionado en el garaje de Villa Esplendor.
Era la casa en la que vivía junto a Fabio.
No la mansión principal de la familia Serrano.
La villa estaba a más de media hora de la casa principal.
Atónita, miró a Fabio de reojo.
Realmente no entendía cuáles eran sus intenciones.
—Bájate —ordenó Fabio con tono indiferente.
Vanesa se quedó paralizada.
—¿Acaso prefieres volver a la casa de los Serrano? —le preguntó, arqueando una ceja.
Vanesa desechó la idea al instante.
En la casa de los Serrano estaban Giselle y Graciela Galván.
Vivir bajo el mismo techo con ellas era asfixiante.
Nunca dejarían de hacerle la vida imposible.

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