Cada vez que la comida aparecía frente a él, era exactamente lo que tenía ganas de comer en esos días.
Fabio incluso sentía que Vanesa podía leerle la mente.
Lo tenía completamente en sus manos.
Y todo lo que tenía delante en ese momento no era la excepción.
Pero sus recientes frustraciones hicieron que empezara a buscarle defectos y criticar todo.
—¿Por qué le pusiste tanta sal? —dijo Fabio con el rostro frío, mirando a Vanesa.
—Voy a prepararlo de nuevo —respondió ella, muy sumisa.
No tenía la más mínima intención de discutir.
Con su enorme barriga de embarazada, tomó la bandeja y bajó de nuevo las escaleras.
Tan tranquila como si estuviera atendiendo a un cliente.
En lugar de su esposo, a quien intentaba complacer y hacer feliz.
Por supuesto, Fabio notó este cambio.
Su mirada se volvió cada vez más fría.
Esa inconformidad era como hormigas devorándolo por dentro.
Al poco tiempo, Vanesa regresó con la bandeja.
Fabio siguió quejándose.
O estaba muy frío, o muy caliente, o le faltaba sabor; o las verduras no estaban lo suficientemente crujientes, o a la sopa no le había quitado bien la grasa...
Pero sin importar qué tanto reclamara, Vanesa nunca le refutó nada.
Volvía a prepararlo y se lo traía de nuevo.
Estuvieron en ese tira y afloja durante tres o cuatro horas.
Al final, fue el mismo Fabio quien no lo soportó más.
Cuando Vanesa le volvió a poner el plato enfrente.
Él gritó enfurecido: —¡Lárgate!
Y Vanesa realmente se marchó.
Sin detenerse ni un solo segundo.
Después de estar subiendo y bajando tantas veces.
Vanesa estaba exhausta.
Pero justo cuando salía de la habitación, Fabio ya la había alcanzado.
Volvió a sujetarla de la mano.
Vanesa frunció el ceño y lo miró, sin perder los nervios.
Ni siquiera esperó a que él hablara.
Su voz sonó tranquila: —Fabio, en el punto en el que estamos, no nos queda bien estar con estos jaloneos. Quien no nos conozca pensará que no puedes vivir sin mí. Además, no olvides que ya firmamos el acuerdo de divorcio. Si haces las cuentas, la verdad es que ya no nos queda mucho tiempo juntos.
Cada palabra estaba cargada de calma.

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