Pero el silencio en esa ala del hospital era tan sepulcral.
Que desde su lugar, Giselle captó cada palabra con escalofriante nitidez.
—El otro día escuché al doctor decir que ya habían encontrado una córnea compatible aquí mismo en el hospital. Pero, por alguna razón, no procedieron con la cirugía para la señorita Rivas.
—Y, por lo visto, fue el mismísimo señor Serrano quien se opuso.
—No me digas que... ¿será de la esposa?
—¡Cállate! No inventes cosas, de eso sí que no tenemos ni idea.
...
Las voces de las enfermeras se fueron apagando a medida que se alejaban por el pasillo.
Esa conversación cayó sobre Giselle como un balde de agua helada, dejándola sin aliento.
El pánico la paralizó por completo.
No tenía idea de que su situación fuera tan extrema.
Es cierto que presentía que algo andaba muy mal con su ojo.
Pero cada vez que preguntaba, todos le juraban y perjuraban que no era nada grave.
El descubrir la cruda realidad de esta forma la hizo sentir como si el suelo desapareciera bajo sus pies.
Y lo más importante de todo.
El instinto afilado de Giselle le gritó al instante de quién era esa córnea. Solo podía ser de Vanesa.
Porque la única mujer en el mundo capaz de hacer dudar a Fabio de esa manera, era ella.
Para ser más exactos: la versión actual de Vanesa era la que lo tenía confundido.
Si hubiera sido la Vanesa del pasado, Fabio no habría titubeado ni un milisegundo.
Había un montón de pequeñas cosas que, de forma sigilosa y retorcida, habían empezado a cambiar de rumbo.
Cambiaban tan rápido que te tomaban por sorpresa.
Giselle no pudo soportarlo.
No podía quedarse ciega.
Tenía que conseguir esa córnea, fuera como fuera.
Lo primero que cruzó por su mente fue enfrentarse a Fabio y exigirle respuestas.
Tomó su celular de inmediato y marcó su número.
El teléfono sonó una eternidad antes de que Fabio se dignara a contestar.
Con cada timbre que pasaba, el miedo en el pecho de Giselle echaba raíces más profundas.
Hubo un tiempo en el que Fabio dejaba todo botado y contestaba al primer tono.
Ahora era distinto.
Entre líneas, Giselle podía sentir cómo muchas cosas ya se habían transformado.
Pero incluso en su reclamo, calculó cada palabra para acorralarlo.
Jamás le había fallado ninguna de sus tácticas para conseguir lo que deseaba.
Y esta vez, no estaba dispuesta a permitir ni el más mínimo error.
Fabio guardó un denso y espeso silencio; no respondió de inmediato.
Esa falta de palabras le confirmó a Giselle que había dado en el clavo.
Su tono se volvió más agresivo, teñido de una desesperación urgente.
—La donante de esa córnea... es Vanesa, ¿verdad? —preguntó sin ningún tipo de filtro.
—¿Quién te ha llenado la cabeza de esas cosas? —contestó él, esquivando la pregunta pero manteniendo una calma de hielo.
—Entonces es cierto, ¿verdad? —La certeza vibraba en la voz de la actriz.
Fabio siguió callado.
Ese silencio sepulcral fue suficiente para que Giselle rompiera en llanto: —¡Fabio, ¿cómo puedes hacerme esto?! ¡Esperé diez años por ti! Estuve dispuesta a soportar tus malos tratos, a ahogarme en mi propio dolor para no causarte problemas.
—Cuando decidiste casarte con Vanesa, me tragué mi orgullo y acepté mi lugar. Incluso cuando me echaste la culpa de cosas que no hice, me callé para no meterte en dilemas.
—Me juraste una y otra vez que te divorciarías de Vanesa. ¿Y dónde está ese divorcio, Fabio? ¡Siguen atados hasta el cuello!
—Claro, siempre dices que es por el tema del paquete accionario. ¿De verdad es solo por dinero? ¿O hay algo más que no me estás contando?
Giselle sonaba como una mujer completamente desquiciada.

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