A medida que Giselle hablaba, su tono se volvía más agudo e histérico.
En medio de esa tormenta de acusaciones, era imposible distinguir cuánto de su dolor era real y cuánto era un teatro calculado.
Ante aquel discurso, Fabio se quedó sin argumentos. No tenía cómo contradecirla.
Solo pudo mirarla con una expresión imperturbable e intentar calmarla.
"No te hagas ideas raras en la cabeza. Si hago las cosas de esta forma, es por una buena razón", murmuró él, con voz templada.
Su mirada no vaciló ni un milímetro. "Giselle, que no se vuelva a repetir. Sabes perfectamente lo delicada que es mi situación en este momento."
No sonó como una advertencia brutal, ni como una amenaza violenta.
Era simplemente la constatación fría y llana de los hechos.
Al escuchar esa firmeza en su voz, Giselle se aplacó.
Era lo suficientemente astuta como para saber cuándo retroceder después de haber dado el golpe.
Al fin y al cabo, su objetivo del día ya estaba cumplido.
Sabía de sobra que Vanesa estaba arruinada.
Y estaba absolutamente segura de que esa córnea sería suya, sin importar el precio.
Se irguió con parsimonia y respondió con un escueto: "De acuerdo."
Luego, como si de repente saliera de un trance, fingió una mirada de arrepentimiento y miró a Fabio.
"Perdóname, Fabio... cuando me enteré de lo que pasó, de verdad, los celos y la angustia me cegaron", se disculpó, envolviendo sus palabras en miel envenenada.
"¿Crees que a Vanesa le pase algo grave?", preguntó, adoptando su habitual máscara de mosquita muerta preocupada.
"Su embarazo ya está bastante avanzado, imagino que si el bebé nace ahora, todo estará bien, ¿verdad?"
Pero en sus palabras no había ni una pizca de empatía. Era una pregunta fría y calculadora.
Nada más que eso.
Fabio no le dirigió la palabra.
Su único pensamiento en ese instante era ir a buscar a Vanesa.
Justo en ese segundo, una enfermera del departamento de obstetricia apareció corriendo por el pasillo.
"¡Señor Serrano! ¡La señora Serrano está sufriendo una hemorragia masiva! Ya la trasladaron a la sala de reanimación, el doctor exige su presencia de inmediato", soltó la enfermera, con el rostro blanco como el papel.
Ella había presenciado la terrible escena.
En todos sus años de carrera en el hospital, jamás había visto un cuadro tan desgarrador y violento.
La cantidad de sangre que Vanesa estaba perdiendo era espeluznante.
Ya no solo estaba en riesgo la vida del bebé; Vanesa misma estaba al borde de la muerte.
Por eso, al darle la noticia a Fabio, la enfermera temblaba de pies a cabeza.
Al escuchar aquello, Fabio dio media vuelta y salió disparado hacia el departamento de obstetricia.

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