Con eso, el asunto quedó pospuesto temporalmente.
Fabio se despidió de los oficiales y se dirigió de inmediato a la habitación de Giselle.
Al verlo entrar, Giselle supo al instante a qué venía.
No dudó ni un segundo.
Atacó primero: —¿Vienes a buscarme por Vanesa?
Fabio no lo negó.
—Pues ahórratelo. Solo exijo justicia. Ella ya dio a luz y la policía solo sigue el protocolo. Que vengas a rogarme no servirá de nada —lo rechazó de tajo.
Fabio la miró con serenidad: —¿De verdad tienes que llegar a este extremo? Ella sigue atrapada en la UCI.
Al escucharlo, Giselle soltó una carcajada amarga.
Como si se burlara de él.
Sus palabras se volvieron afiladas, atacándolo sin rodeos.
—Fabio, ya aguanté suficiente, ya cedí bastante. ¿Qué más quieres que haga? No puedo dejar que esto se quede así —sentenció, dejando claras sus intenciones.
Sonaba destrozada.
Pero al mismo tiempo, como si tuviera toda la razón del mundo.
—Yo también tengo mis límites. Ella es madre, y yo también lo soy. La única diferencia es que mi hijo no logró sobrevivir.
Giselle seguía esgrimiendo sus motivos.
Al oírla, Fabio apretó los puños.
Ahora el que estaba acorralado contra la pared era él.
La imagen de aquel bebé cubierto de sangre seguía grabada a fuego en su memoria.
Y no solo en la suya.
Graciela Galván aún no lograba reponerse del golpe.
Llevaba meses deprimida en casa.
Después de todo, era el nieto varón que tanto había esperado.
Y de pronto, lo había perdido todo de la forma más trágica posible.
Por eso, Fabio no tenía el valor de exigirle nada.


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