"Vanesa, demuéstrame tu sinceridad. Hazme feliz, a ver si es cierto", escupió Fabio con una sonrisa torcida.
La soltó bruscamente.
Ella perdió el equilibrio en el espacio reducido, pero se reincorporó sin levantarse de las rodillas.
No tenía adónde huir.
Fabio se reclinó contra el cuero, abriendo los brazos como un emperador cruel, mirándola con frialdad afilada.
Quería ver hasta dónde era capaz de llegar.
Entonces, vio cómo las manos finas de Vanesa temblaban mientras se acercaban a él.
De pronto, el sonido metálico de la hebilla de su cinturón cortó el tenso silencio de la cabina.
Fabio tragó saliva.
Al verla inclinarse frente a él, sintió que el aire del auto se volvía espeso, asfixiante.
Sus puños se cerraron de golpe.
Nunca pensó que Vanesa cruzaría esa línea.
Durante sus siete años de matrimonio, él siempre tenía que acorralarla para que, con la cara ardiendo de vergüenza, ella terminara cediendo a sus caprichos.
Nunca lo había hecho por voluntad propia.
Entonces, ¿él qué era para ella?
Su orgullo se desangraba.
Vanesa nunca cedería por amor a él, pero estaba dispuesta a hacer lo más degradante del mundo por un simple pedazo de concreto.
"Te lo suplico. No me quites la casa", murmuró ella, alzando unos ojos cargados de una humillación desgarradora.
Al segundo siguiente, Fabio la agarró por los brazos y la levantó de un tirón.
La inmovilizó de espaldas contra el asiento, de cara al cristal oscuro por donde pasaban las luces de la ciudad.
Se abalanzó sobre ella con todo su peso.
"¿Sabes a qué te pareces ahora mismo?", le susurró al oído, con un tono lúgubre.
Vanesa no contestó.
"A una vulgar cualquiera", sentenció él.
Vanesa sintió que su alma se desconectaba de su cuerpo.
Ya estaba anestesiada ante sus insultos.
"¿Ahora sí vas a dejar en paz la casa de mi madre?", le preguntó Vanesa con un hilo de voz, aferrándose al mismo ruego.
Al ver su rostro consumido, Fabio sintió una punzada en el pecho.
Pero la extirpó de inmediato.
Le volvió a agarrar el rostro:
"¿Crees que con esto me pagas? Vanesa, darías pena ajena si no fueras tan aburrida".
Sin dirigirle otra mirada, abrió la puerta y salió del auto.
Vanesa, sin importar que apenas podía sostenerse, se arregló la ropa como pudo y bajó tras él.
Lo alcanzó y le sujetó el brazo.
"Ya hice lo que me pediste. Devuélvemela. Te juro que conseguiré el dinero para pagar esa deuda".
"¿Cómo me llamaste?", se detuvo en seco y giró con el rostro oscurecido.
Antes, ella siempre lo llamaba "mi amor" o "Fabio" con esa voz dulce que lo derretía. Nunca por su nombre y apellido completo como si fuera un extraño.
"Fabio Serrano", repitió ella sin parpadear.

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