Ante la gravedad de la situación, Fabio se quedó mudo. Incluso el abogado, que lo acompañaba, empezó a sudar frío.
Estaban en la recta final para concretar el traspaso de acciones. Era un requisito absoluto que la niña se mantuviera con vida; de lo contrario, el acuerdo podía venirse abajo y la transferencia sería cancelada en el acto.
—Señor Serrano, si la operamos de inmediato, aún hay esperanza —insistió el doctor, tratando de romper el pesado silencio de Fabio.
Sin embargo, la intervención del abogado volvió el ambiente aún más asfixiante.
—Señor Serrano, las probabilidades de éxito en el quirófano son mínimas. Si algo sale mal durante la intervención y la pequeña fallece en la mesa de operaciones, el protocolo dictará su muerte oficial. Si eso ocurre, no podremos concretar el paquete accionario.
El abogado expuso la situación con una frialdad espeluznante:
—En estas circunstancias, la mejor estrategia es ganar tiempo. Si logramos mantenerla conectada a las máquinas unos días más sin hacer pública su condición, incluso si entra en muerte cerebral, sus signos vitales nos permitirán finalizar el traspaso legalmente.
Todo se reducía a los negocios. Fabio era perfectamente consciente de ello. Con los puños tan apretados que los nudillos se le pusieron blancos, permaneció inmóvil, emanando un aura oscura.
Conocía de sobra el estado crítico de la bebé. Ahora, se veía obligado a elegir: su hija o el imperio familiar.
El quirófano era la última oportunidad de supervivencia de la niña. Si rechazaba la cirugía y esperaba a que los papeles estuvieran firmados, el daño sería irreversible. Ya no habría marcha atrás.
Pero si esa bebé moría, Vanesa perdería la razón en el acto. Su espíritu se quebraría por completo, y probablemente ella tampoco sobreviviría mucho más.
Y con eso, el vínculo entre él y Vanesa llegaría a un punto de no retorno. Sería el fin absoluto.
Ese pensamiento hizo que un destello de desconcierto cruzara la mirada de Fabio. Jamás se imaginó que llegaría el día en que le aterrara la idea de perder a Vanesa para siempre.
¿No se suponía que ella le daba exactamente igual?
La familia Serrano y su corporación eran la obra de su vida. Jamás permitiría que unos buitres se la arrebataran.
Con una calma escalofriante, clavó la mirada en su hija, que luchaba por respirar dentro de la incubadora. Tras un largo y tortuoso silencio, aflojó los puños. Las arrugas de su entrecejo se suavizaron.
Vanesa había sido su esposa durante siete años; llegado el momento, le daría la compensación económica que mereciera. En cuanto a la niña, era la primogénita de los Serrano; incluso en la muerte, su nombre quedaría registrado en el linaje. Jamás renegaría de ella.
Habiendo justificado su decisión, su voz sonó fría como el hielo.
—Cancelen la cirugía. La mantendrán estable hasta que se cierre el traspaso de acciones. Si cuando terminemos los trámites aún respira, usen todos los recursos y especialistas del país para salvarla. El dinero no es problema.
La crueldad en cada una de las palabras de Fabio era monstruosa.
El doctor tragó saliva, aterrorizado. Todos en el hospital conocían la falta de escrúpulos de las familias poderosas, pero sacrificar la vida de tu propia sangre en un juego de ajedrez corporativo... Ese nivel de frialdad superaba todo lo que hubieran presenciado jamás.

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