—Si ya estás fuera de peligro, no hagas nada estúpido que te vuelva a poner en riesgo. Vanesa, no tengo paciencia para esto.
—Si vuelves a intentar lastimarte, cumpliré lo que te dije. ¿Entendido?
Fabio le lanzó la advertencia en voz baja.
Sin agregar más, se limitó a ordenarle a las enfermeras que no le quitaran el ojo de encima y dio media vuelta para salir.
Carlos llevaba años trabajando a su lado, y Fabio lo conocía a la perfección.
Sabía que, si no hubiera ocurrido una verdadera tragedia, jamás lo habría interrumpido de esa forma. Con esa certeza en mente, la mirada de Fabio se oscureció.
Salió al pasillo, donde Carlos lo esperaba impaciente.
Apenas lo vio, soltó la bomba:
—Señor Serrano, ha ocurrido una emergencia. El estado de la pequeña se deterioró de golpe; sus signos vitales están cayendo en picada.
Carlos fue directo al grano. Era un giro que nadie había anticipado. Hasta el personal médico estaba consternado.
Al escuchar eso, el rostro de Fabio palideció ligeramente.
—¿Por qué empeoró tan rápido? —preguntó con brusquedad.
—No lo saben con certeza. El doctor pide que vaya de inmediato —respondió Carlos con urgencia.
Sin perder un segundo, Fabio corrió en dirección al Departamento de Neonatología.
Dentro de la sala VIP, Vanesa había observado en silencio cómo él se marchaba.
Sin embargo, la premonición que aplastaba su pecho era tan asfixiante que apenas la dejaba respirar. No sabía explicarlo, tal vez era el instinto maternal, esa conexión invisible entre madre e hija.
Su intuición le gritaba que algo muy malo le estaba pasando a su bebé. Cuanto más lo pensaba, más pánico sentía.
Intentó bajarse de la cama, pero una enfermera se interpuso de inmediato.
Al verse acorralada, Vanesa se dirigió a la chica, aferrándose a cualquier esperanza.

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