Contra todo pronóstico, Fabio no hizo el menor intento de apartarla; se quedó inmóvil, observándola en silencio.
—¡¿Acaso no tienes corazón, Fabio?! ¡Es tu propia hija!
Vanesa estalló en pura histeria:
—Si me odias, si tienes tanto rencor contra mí, ¡desquítate conmigo! ¡Mátame, tortúrame, destrúyeme si quieres! ¡Pero, ¿por qué le haces esto a tu propia carne y sangre?!
Sus gritos cargados de furia se fueron transformando en sollozos asfixiantes, dando paso a una desesperación total.
—Si ella supiera que su propio padre prefirió el dinero antes que salvarla... ¿te imaginas lo destrozada que estaría?
Las lágrimas le bañaban el rostro. De repente, aflojó su agarre, dio un traspié y retrocedió tambaleante.
Fabio extendió los brazos por instinto para sostenerla.
—¡No me toques! —gritó Vanesa, golpeando su mano con asco.
Aunque apenas podía mantenerse en pie, aunque el dolor físico la estuviera partiendo en dos, prefería desplomarse en el suelo antes que permitir que ese monstruo la volviera a rozar.
Sus miradas chocaron en el aire, cargadas de una tensión eléctrica. Y entonces, un silencio sepulcral lo envolvió todo.
Hasta que Vanesa, frente a todos los presentes, se dejó caer de rodillas a los pies de Fabio.
—Fabio, te lo ruego... Sálvala, por favor —suplicó con una voz tan rota que partía el alma. Sus manos temblorosas se aferraron a los pantalones del hombre, implorando piedad.
—Te lo suplico, sálvala. Ella no tiene la culpa de nada. Al menos dale la oportunidad de intentar vivir. ¡Por favor!
—Vanesa —habló por fin Fabio. Su voz era plana y sus ojos no mostraban ni una pizca de remordimiento. Era un muro inquebrantable de frialdad y cálculo.
Vanesa lo miró fijamente, buscando algún rastro de humanidad en su rostro. Pero lo único que encontró fue un abismo que devoró la última chispa de esperanza que le quedaba, hundiéndola en la desesperación absoluta.
Él continuó con implacable serenidad:
—Operarla o no operarla no cambiará nada. Las probabilidades de éxito eran menores al treinta por ciento desde un principio. Con su recaída repentina, las cifras cayeron por los suelos. Jamás sobreviviría a la anestesia. Meterla a ese quirófano es literalmente firmar su sentencia de muerte.
Eran palabras crudas, despiadadas, pero, médicamente hablando, eran la innegable realidad.
A Vanesa se le cortó el aliento. Ya no tenía lágrimas que derramar. Su voz no era más que un murmullo tembloroso.
—Pero Fabio... el quirófano era su única opción de luchar. Si no hacen nada, lo único que queda es verla morir lentamente, ¿no es así? —suplicó, tratando de aferrarse al último hilo de cordura.

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