La bebé era diminuta. Trágicamente diminuta. Era incluso más pequeña que un bebé prematuro promedio de 31 semanas.
Su piel, enrojecida y extremadamente frágil, parecía de papel; cada pequeña vena y arteria era visible. Si uno prestaba atención, casi se podían adivinar los contornos de sus pequeños órganos bajo su pecho.
Estaba rodeada de sensores y tubos plásticos. Su respiración era tan superficial que casi pasaba desapercibida.
Pero, aun en medio de todo ese aparato clínico, la niña luchaba desesperadamente por cada bocanada de aire. Era el instinto más primario del ser humano. Ni siquiera un ser tan pequeño y vulnerable se rendía sin pelear.
Al presenciar esa escena, Vanesa sintió como si le hubieran aplastado el corazón con un bloque de concreto. Una oleada de impotencia y desolación absoluta la hundió en la miseria.
Alzó una mano temblorosa, con el impulso de tocar la incubadora. Pero a escasos milímetros del acrílico, se detuvo, paralizada por el terror.
Temía hacerle daño. Temía que algún germen empeorara su infección. Temía que, en el siguiente parpadeo, ese pequeño pecho dejara de subir y bajar.
Estos pensamientos aterradores caían sobre sus hombros como toneladas de plomo, ahogándola. Al fin tenía a su hija frente a sus ojos, pero eso no le trajo ningún consuelo. La angustia se acumuló en su garganta hasta llevarla al límite de la locura.
Quería gritar, quería llorar a mares, pero su garganta estaba completamente bloqueada. Dentro de la UCI Neonatal solo se escuchaba el rítmico pitido de las máquinas y su propia respiración ronca y entrecortada.
Cuando Fabio entró corriendo a la sala, la encontró allí, congelada frente a la máquina. Detuvo sus pasos en seco. Los médicos y enfermeras que los siguieron también se quedaron de piedra. Todos contuvieron la respiración. El tiempo pareció detenerse, creando una atmósfera tan silenciosa que erizaba la piel.
De pronto, la pequeña comenzó a llorar. Tal vez por dolor, tal vez por el frío de las agujas, lloraba con todas sus fuerzas. Sin embargo, su cuerpecito estaba tan agotado que apenas emitía un sonido. El grueso acrílico ahogaba casi por completo su gemido; solo se veía su diminuto rostro contorsionado y sus bracitos agitando el aire en señal de agonía.
Vanesa sintió que se partía en pedazos. Su bebé estaba ahí, con unas ganas feroces de aferrarse a la vida, y aun así, su propio padre la había condenado a muerte como si fuera un pedazo de basura.
Se quedó contemplándola por un tiempo infinito. Fabio no intervino; dejó que la mirara hasta que se cansara.
—Vanesa, aunque te la lleves, igual se va a morir —escupió con una brutal honestidad.
—¡Lo sé! Sé que se va a morir —sollozó ella con amargura—. Pero al menos se irá conmigo. Si pudiera hablar, te aseguro que elegiría morir sintiendo los latidos de su madre antes que sufrir sola dentro de esta maldita máquina.
Parecía haber aceptado su trágico destino. Su única y desesperada ambición era rescatar el cuerpecito de su hija de aquel infierno clínico.
Fabio apretó los puños con tanta fuerza que los nudillos le crujieron, manteniéndose firme frente a ella. Ni asintió ni lo negó.
—Fabio... esto es lo único que me queda en el mundo —susurró Vanesa. Sus ojos rebosaban una súplica tan pura y humillante que partía el alma.
Cualquier ser humano con una pizca de empatía se habría derrumbado ante semejante ruego. Especialmente porque todos los presentes sabían que a la bebé no le quedaba tiempo de vida.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: EL HOMBRE POR EL QUE LO DEJÉ TODO NUNCA ME AMÓ