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EL HOMBRE POR EL QUE LO DEJÉ TODO NUNCA ME AMÓ romance Capítulo 389

Siendo realistas, el reloj marcaba un máximo de una semana. Si Vanesa no abría los ojos para entonces, se enfrentaría a daños irreversibles.

El coma prolongado provocaría que sus órganos colapsaran lentamente y que sus músculos se atrofiaran hasta quedar en estado vegetativo. Su vida se apagaría como una vela en el viento.

—Y si ella misma bloquea el despertar de su mente, ¿no hay ninguna forma médica de forzarla? —preguntó Fabio con una frialdad clínica.

—El cerebro humano es un enigma, señor. Si ella tiene algo por lo que valga la pena vivir, despertará. Por eso le reitero la importancia de mantener con vida a la pequeña —suspiró el doctor, visiblemente frustrado. Era un callejón sin salida; la madre dependía de la hija, y la hija, condenada a muerte, pendía del capricho del padre.

—Entiendo —asintió Fabio, dando por terminada la conversación.

Sin decir más, Fabio se instaló en la sala VIP. Vanesa yacía inerte en la cama. Él no se apartó de su lado en ningún momento.

Las enfermeras entraron de puntillas para cambiarle los sueros intravenosos. Estaban tan intimidadas por la oscura presencia de Fabio que ni siquiera osaban respirar fuerte, y desaparecían tan rápido como podían. El ambiente en la habitación era tan denso y silencioso que parecía el interior de un ataúd. Solo se escuchaba el leve ritmo de sus respiraciones.

Fabio se concentró en el sonido del aire entrando y saliendo de los pulmones de Vanesa. Ese frágil susurro era lo único que le confirmaba que ella seguía perteneciendo a este mundo.

Su mirada se desvió hacia la mano pálida de ella. Tras una larga vacilación, alargó los dedos y le acarició el dorso. La piel estaba helada, conservando apenas un mínimo rastro de calor corporal.

Fabio no supo si aquel contacto le trajo alivio o si solo agudizó la presión en su pecho. Se quedó inmóvil, observando su rostro inexpresivo, sin apartar la mirada ni un solo segundo.

El hechizo se rompió cuando su celular comenzó a vibrar en el bolsillo. Lo sacó y miró la pantalla. Era una llamada de Giselle Rivas.

Se quedó contemplando la pantalla un momento antes de levantarse y caminar hacia el pasillo, sin ninguna prisa por contestar.

En el pasado, si Fabio ignoraba la llamada, Giselle no paraba de marcar hasta obligarlo a responder. Claro que antes, él jamás habría dejado que el teléfono sonara más de una vez; siempre estaba disponible para ella.

Pero últimamente, las cosas habían cambiado. Giselle lo había acorralado en varias ocasiones, exigiéndole atención, y él siempre terminaba cediendo. Sin embargo, esta vez, Fabio ignoró la llamada por completo. Sorprendentemente, Giselle tampoco insistió. El teléfono no volvió a sonar.

Fabio guardó el celular, enmascaró sus emociones y se dirigió a la enfermera de turno:

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