—Vanesa, apenas puedes mantenerte en pie, ¿y aún así pretendes llevarte a tu hija? —preguntó Fabio sin piedad.
—Ni siquiera tendrías las fuerzas para sostenerla en brazos —le soltó de la forma más cruel y directa posible.
—¿De verdad crees que puedes cuidarla?
Fue un ataque de preguntas, una tras otra, dejando a Vanesa sin capacidad de respuesta.
Por eso, al final, Vanesa dejó de resistirse.
Al sentir que el cuerpo de ella cedía y se relajaba, Fabio guardó silencio.
Sosteniéndola del brazo, la llevó a dar una vuelta por el pequeño jardín del hospital.
No había mucha gente a esa hora, pero sí algunas enfermeras y pacientes yendo de un lado a otro.
Al verlos pasar, todos se quedaron boquiabiertos.
Al fin y al cabo, todo el mundo en Jalapa sabía que Vanesa era tachada de asesina.
Los chismes sobre los conflictos entre Fabio, Vanesa y Giselle habían dado la vuelta a la ciudad mil veces.
Incluyendo todas las crueldades que él le había hecho a Vanesa.
Y ahora, ver a Fabio acompañándola con tanta paciencia en su caminata...
Era normal que se sorprendieran.
No pudieron evitar bajar la cabeza y cuchichear entre ellos.
Pero claro, con Fabio presente, ninguno se atrevía a decir una sola palabra en voz alta.
Vanesa caminaba por pura inercia.
Sabía que no podía zafarse.
Así que no tuvo más remedio que dejar que Fabio la llevara de la mano.
Pero la resistencia física de Vanesa estaba por los suelos.
Apenas dieron una vuelta corta por el jardín antes de que Fabio la escoltara de regreso a su habitación.
Giselle, desde el otro lado de sus grandes ventanales, lo había visto todo.
La ventana de su cuarto daba precisamente a ese rincón del hospital.
Tenía una vista perfecta del jardín.
Y como la planta de neurología no estaba muy alta, pudo captar con lujo de detalles la cercanía entre Vanesa y Fabio.
El rostro de Giselle pasó por toda una gama de colores.

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