Con un gesto dramático, Giselle fingió darse la vuelta para marcharse.
Pero, como era de esperarse, Fabio la detuvo agarrándola por la muñeca.
"Nadie te dio permiso para irte".
Esa simple frase hizo brillar los ojos de Giselle con un triunfo perverso.
"Fabio... pero...", balbuceó, simulando estar atrapada en un dilema moral.
Fabio entrelazó sus dedos con los de ella, mientras le lanzaba una mirada lapidaria a Vanesa.
"¿Estás ciega? Llegó una invitada. Aún eres la dueña de la casa, ¿acaso no vas a recibirla?", le exigió.
Cuanto más se resistía Vanesa, más se ensañaba él en someterla a sus reglas, intentando resucitar a la esposa sumisa que alguna vez fue.
Vanesa se quedó clavada en su lugar, más pálida que un fantasma.
Jamás imaginó que él pudiera llegar a ser tan ruin.
"Vanesa, mi paciencia tiene un límite", le advirtió, con la amenaza latente flotando en el aire.
Vanesa sabía que le estaba restregando el apartamento de su madre en la cara.
Si daba un paso atrás, las excavadoras entrarían.
Podría rendirse y dejar que lo destruyeran.
Pero en la ruina de su vida, esas paredes eran lo único puro que le quedaba de su familia.
Era el santuario de sus padres.
"¿Tienes que llevarme al límite, Fabio? ¿De verdad disfrutas esta tortura?", le reclamó, con la voz quebrada.
Los ojos de Fabio se oscurecieron aún más.
El aire se volvió asfixiante.
Viendo la tensión, Giselle deslizó su mano sobre la manga de Fabio, acariciándolo.
"Fabio, por favor. Mira qué pálida está, tal vez de verdad se siente mal. No la obligues".
Su tono era tan dulce y empático que daban ganas de vomitar.
Luego, caminó tímidamente hacia Vanesa.
"Vane, discúlpame. Si hubiera sabido que estabas en casa, te juro que no venía".
Vanesa la miró a los ojos.
En el fondo de esas pupilas dilatadas, solo vio una burla despiadada, ni una gota de arrepentimiento.

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