Fabio frunció el ceño, observando a Vanesa. Estaba tan histérica y fuera de sí que él no encontró un hueco para interrumpirla.
—Fabio... —la voz de Vanesa se quebró, inundada de desolación—. Jugaste al esposo ejemplar solo para que bajara mis defensas, ¿no? ¡Me consentiste y fingiste cariño solo para que me bajara la fiebre y tener la maldita córnea intacta para Giselle!
Perdió toda pizca de compostura. Sus palabras eran una mezcla de odio, decepción y súplicas vacías, mirándolo con ojos empañados en desgracia.
—Te lo suplico, Fabio. Déjame verla un segundo. No pude despedirme de Vicente... No me arrebates la oportunidad de ver a mi hija una última vez antes de que se apague.
Estaba destruida. Las lágrimas surcaban su rostro. Era imposible saber si estaba exigiendo sus derechos como madre o rogando migajas de compasión.
La mirada de Fabio se ensombreció, aunque su voz no perdió ese tono monocorde y autoritario: —Vanesa, cálmate primero. Cuando seas capaz de hablar sin gritar, te escucharé.
—¡No me pidas que me calme! —bramó ella a todo pulmón. Consciente de que él le cerraría el paso, decidió forzar su entrada.
Con un solo objetivo en mente, arrancó a correr hacia la zona restringida de la UCI Neonatal. Fabio, más rápido, la atrapó de la muñeca. Vanesa luchaba como un animal enjaulado.
—¡Escúchame bien, Vanesa! —escupió él con frialdad—. Si entras como loca ahora mismo y le da un paro por la alteración o contaminas el área estéril, la que la habrá matado serás tú. ¡Apenas le late el corazón y tú quieres entrar a montar un escándalo!
Esa acusación le cayó como un balde de agua congelada. Una ola de terror puro ascendió desde sus talones hasta su garganta, dejándola completamente paralizada y sin oxígeno.

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