Poco después, la asistente de Giselle entró a la habitación: —Señorita Rivas, ¿me buscaba?
—Llama al abogado y dile que proceda con el desistimiento de cargos —ordenó Giselle sin rodeos.
—Entendido —asintió la asistente.
Fabio observaba toda la escena.
La asistente, captando la indirecta de su jefa, hizo la llamada delante de Fabio.
El abogado acató la orden de inmediato. Una vez tramitado el desistimiento, la asistente se dirigió a ambos.
—Señorita Rivas, el desistimiento de cargos ya es oficial. La policía terminará el papeleo en unos tres días, y entonces la señorita Arias quedará en libertad sin cargos —le reportó la asistente.
Giselle murmuró en confirmación, luego se volvió hacia Fabio: —Fabio, ¿así está bien?
Él afirmó, con una mano aún en el bolsillo. —Descansa —dijo con un movimiento de cabeza.
Hizo el amago de irse, pero Giselle fue más rápida. Trastabilló al intentar levantarse de la cama y logró agarrarlo del brazo.
Fabio reaccionó al instante, dándose la vuelta y sosteniéndola para evitar que cayera al suelo.
Frunció el ceño, con un destello de fastidio en los ojos que, afortunadamente para ella, no podía ver.
—Fabio... —lo llamó Giselle.
Él tragó su frustración y le contestó.
—Ya cumplí con mi parte —continuó ella—. Ahora no olvides lo que me prometiste.
Era un recordatorio directo, y él lo sabía muy bien.
Su irritación iba en aumento, pero no dejó que se notara en su rostro.

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