El guardaespaldas entonces notó la presencia de Vanesa, y no pudo ocultar su sorpresa.
Sin perder un segundo, ella se quitó las cobijas de encima y salió corriendo de la habitación.
Fabio no intentó detenerla, simplemente fue tras ella.
Vanesa corrió a toda velocidad por los pasillos del hospital; conocía el camino hacia la UCI Neonatal con los ojos cerrados.
Justo antes de que llegara, Fabio la alcanzó y la sujetó de la mano.
Vanesa frenó de golpe.
El pánico le desfiguraba el rostro al pensar en Paz.
La voz de Fabio sonó helada.
Fijó sus ojos en Vanesa, hablando de manera pausada y tajante.
—Estás perfectamente al tanto del estado de Paz, nunca te he ocultado nada.
—Vanesa, debes entender que, pase lo que pase en los próximos minutos, era algo de esperarse.
Fabio trataba de prepararla para el golpe inminente.
Vanesa lo miró sin proferir palabra.
Liberó su mano de un tirón violento.
Y siguió caminando hacia la unidad.
A través del cristal y los monitores de vigilancia, observó a los médicos intentando reanimar a Paz.
Ese cuerpecito minúsculo, atravesado por infinidad de tubos.
Rodeado de máquinas y de un frenesí de médicos.
Vanesa no podía concebir cómo un bebé tan frágil soportaba ese martirio.
Ni siquiera quería imaginarse el estado de las cicatrices en su cuerpecito.
Un torrente de dolor, culpa y miseria amenazaba con destrozarla; quería llorar a gritos.
Pero sus ojos estaban completamente secos.
El peso aplastante de la agonía le asfixiaba el alma.
Hubiera preferido seguir ciega para poder engañarse a sí misma.
Se quedó petrificada, con el corazón galopando como loco.
Cuando Fabio la alcanzó, la vio rozando con los dedos la pantalla del monitor.

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