Fabio bajó la mirada y, sin saber por qué, sintió una repentina irritación.
Tal vez lo había alterado el ataque de histeria de Vanesa.
—¿Qué te pasó en la cara? —notó Giselle—. ¿Te pegó? ¿Te duele?
Se levantó alarmada, dispuesta a examinarle el rostro.
Pero justo cuando la mano de Giselle iba a tocarlo, él se la apartó bruscamente.
—No es nada. Haré que te lleven a casa —dijo Fabio con frialdad.
Giselle retiró la mano, quedándose en silencio un momento.
Pero mantuvo su actitud obediente: —Está bien.
Luego agachó la cabeza y murmuró en voz muy baja: —Fabio, no debí haber venido sin avisar hoy. Si no hubiera venido, nada de esto habría pasado. Lo siento.
Con los ojos llenos de lágrimas contenidas, suspiró: —Vanesa no la está pasando bien, no seas duro con ella. Déjala en paz. Sé que no lo hizo a propósito. Además, si ya te pidió el divorcio... ¿por qué no simplemente...?
—Basta, no hables de ella —la interrumpió Fabio.
—Perdón... —Giselle pareció genuinamente asustada.
—Perdóname tú a mí, no debí hablarte así —se disculpó él.
Pero no dio ninguna señal de querer que Giselle se quedara.
Él siempre había tenido claro el objetivo de Giselle: ella quería que se divorciaran.
A decir verdad, era algo que también le parecía lógico que pasara tarde o temprano.
Pero, ahora que Vanesa lo había propuesto primero, él se negaba a aceptarlo.
Sentía que le habían arrebatado el control.
Seguro era eso; por eso estaba descargando su frustración con Giselle.
—No te preocupes, sé que estás con muchas cosas últimamente. No me acompañes, el chofer me lleva. Acuérdate de tomar la sopa que te traje —dijo Giselle, siempre comprensiva y atenta.
—De acuerdo —asintió.
Giselle se levantó despacio.
Fabio no la detuvo y dejó que el chofer la llevara a casa.


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