Fabio experimentaba una sensación indescriptible.
Era como si, en medio de las ruinas de su matrimonio...
Vanesa, de repente, hubiera tomado el control absoluto.
La mujer que siempre iba un paso detrás de él, mendigando su amor, se había desvanecido.
Ya no quedaba ni una gota de devoción por él en su mirada.
Lo único que irradiaba era el deseo crudo de escapar.
Esa percepción ensombreció su semblante y le hizo responder con aspereza: "Ya te dije que este tema está cerrado. No vuelvas a mencionarlo".
Solo él sabía que no se trataba de quién se quedaba con las cenizas.
Eso le daba exactamente igual.
Lo que lo enfurecía era la actitud desafiante de Vanesa.
El grito de Fabio la hizo retroceder, sobresaltada.
Las lágrimas comenzaron a empañar sus ojos, nublando su visión.
Con la voz quebrada por la desolación, le rogó: "Fabio, ¿qué es lo que pretendes? ¿De qué te sirve quedarte con sus cenizas? No necesito que unos clérigos recen por ella en una capilla. Ella estará mejor conmigo... soy su madre, ¿no lo entiendes?".
¿Qué hijo no necesita estar con su madre?
Tener a su bebé a su lado, aunque fuera en cenizas, era la única esperanza que le quedaba para seguir respirando.
Era su carne y su sangre.
Era algo que Fabio, con su frialdad, jamás podría comprender.
Al final, la voz de Vanesa no era más que un lamento desgarrador.
Era como si su única razón para aferrarse a la cordura dependiera de recuperar a su pequeña.
Si le arrebataban ese último hilo de esperanza...
Ya no tendría fuerzas para seguir adelante.
Vanesa estaba al borde del colapso total.
Fabio no era ciego al sufrimiento de ella; sus puños se apretaron lentamente hasta que los nudillos palidecieron.
Un par de veces, las palabras casi se le escapan de los labios.
Si quieres sus cenizas, quédate a mi lado.

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