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EL HOMBRE POR EL QUE LO DEJÉ TODO NUNCA ME AMÓ romance Capítulo 440

Frente a los micrófonos, hablaba abiertamente sobre el diseño que soñaba para su propio vestido de novia.

E incluso fantaseaba en voz alta sobre el destino exótico de su futura boda.

Esa era una actitud que la antigua Giselle jamás habría adoptado; ella siempre había sido la maestra de la prudencia pública.

Ahora, sin embargo, estaba lanzando una amenaza apenas velada a la cara de Vanesa.

Vanesa escuchó cada palabra, hundiéndose más y más en el silencio.

Con lentitud, dejó la cuchara en el tazón de sopa, agarró el control remoto y apagó la televisión.

Mientras Giselle se regodeaba en la cima del mundo, Vanesa estaba atrapada allí, incapaz de hallar pruebas contra la asesina de su pequeña.

Y aunque la verdad ardiera en su corazón, ¿qué podía hacer para vengarla?

Absolutamente nada.

La impotencia le carcomía las entrañas.

Era un peso tan colosal sobre su pecho que le impedía jalar aire con normalidad.

Y lo peor de todo es que no tenía una sola vía de escape.

Encerrada en esa prisión de lujo, con el mayordomo y el personal de servicio como únicos fantasmas a su alrededor, Vanesa estaba completamente incomunicada del mundo exterior.

Resignada, se abrazó las rodillas contra el pecho y volvió a hacerse un ovillo en el sillón.

Con los ojos cerrados, parecía haberse quedado dormida.

Unas horas más tarde, el teléfono de la casa sonó. Don Ricardo fue quien respondió; era Fabio.

"La señora tomó un poco de sopa. Ha estado sentada en el sillón junto al ventanal toda la tarde. No se ha movido", le informó el mayordomo con total honestidad.

Fabio soltó un sonido de confirmación desde el otro lado de la línea. "¿Dijo algo?".

"No, señor. No ha pronunciado palabra alguna, salvo un educado 'gracias'", añadió Don Ricardo con preocupación.

A lo largo de la semana, el vocabulario de Vanesa se había reducido a dos simples palabras.

"Gracias" y "De acuerdo".

Fuera de eso, el silencio era su único refugio.

El mayordomo tragó saliva, debatiéndose internamente si debía mencionarle lo del programa de espectáculos.

Pero, finalmente, decidió morderse la lengua.

Al fin y al cabo, cuando apareció la noticia de Giselle, Vanesa no había reaccionado en absoluto.

A simple vista, parecía que no le había afectado lo más mínimo.

Tras un momento de silencio, Fabio le dio su última instrucción con tono gélido: "No le quiten los ojos de encima a mi esposa. No toleraré que le suceda nada bajo su vigilancia".

"Como usted ordene, señor", asintió el mayordomo.

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