Vanesa intentó impedirle el paso, pero su fuerza no era rival para la de Fabio.
Con un par de empujones, él logró meterse por el espacio de la puerta.
—¡Lárgate! —gritó Vanesa, furiosa.
—Vanesa, no me obligues a usar la fuerza. Dime, ¿quién te dio esos siete millones? —exigió Fabio, con la mirada de hielo.
Vanesa retrocedió a trompicones, acorralada hasta el borde del sofá.
Los dedos de Fabio atraparon su barbilla con brusquedad, mirándola desde arriba.
A Vanesa le zumbaba la cabeza.
Pero, después de siete años casada con él, con solo mirarlo supo que ya lo había descubierto todo.
Al fin y al cabo, el dinero había salido de su cuenta.
Jalapa era el territorio de Fabio; era imposible que él no pudiera rastrear un pago.
Y el silencio de Vanesa fue la chispa que detonó por completo la furia de Fabio.
—Vanesa, un día te desnudas para rogarme que me acueste contigo, y al otro vas a pedirle plata a tu amiguito. ¿Qué clase de hombre te regala siete millones así por así? —Su voz se volvió cada vez más amenazante—. Esa prisa tuya por divorciarte... ¿es por Dante? ¿Desde cuándo se están viendo?
Fabio rugió contra ella.
El apartamento entero retumbó con sus gritos.
El estruendo fue tal que a Vanesa le pitaron los oídos.
Comenzó a forcejear, intentando zafarse del agarre de Fabio con todas sus fuerzas, pero fue en vano.
Y cada uno de sus intentos solo lograba enfurecerlo aún más.
—¡No olvides, Vanesa, que sigues siendo mi esposa, y no voy a permitir que me conviertas en el cornudo del pueblo! —vociferó Fabio, con los ojos inyectados en sangre.
El agarre de su mano se volvió brutal, hundiendo sus dedos en la piel radiante de Vanesa y dejándole marcas rojas.
Vanesa lo miró con terquedad, clavando sus delicadas uñas en el brazo de Fabio para defenderse.


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