Julián frunció el ceño.
Vanesa no dijo nada más. Conocía a Giselle; esa mujer solo buscaba provocarla para que Vanesa diera el primer golpe. Si lo hacía, se vería arrastrada a un pozo sin fondo de problemas. Y, sin embargo, cada vez que se cruzaba con Giselle, los nervios de Vanesa se tensaban al máximo.
No podía negar que esas palabras la habían herido en lo más profundo. Las emociones que Vanesa trataba de reprimir se hicieron más evidentes, y su respiración se volvió errática.
Julián se dio cuenta de su estado.
—No estás bien. Mejor volvamos a casa.
—No. Tengo que ver a esa chica —dijo Vanesa, aferrándose al brazo de Julián.
Julián conocía lo terca que podía ser Vanesa, así que, a pesar de sus reservas, terminó accediendo.
Poco después, Julián y Vanesa llegaron puntuales al parque. Al cabo de unos minutos, se acercó una joven vestida con jeans y una camiseta. Era muy joven, de unos veinte años.
—Señorita Arias —saludó Lucía Rojas, tomando la iniciativa.
—Hola —respondió Vanesa asintiendo levemente.
Sin embargo, al ver a Julián, la expresión de Lucía se llenó de tensión.
—Es mi amigo, no te preocupes —se apresuró a aclarar Vanesa, intentando calmarla.

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