Vanesa seguía temblando, como si estuviera atrapada en un ciclo interminable de culpa y terror.
Julián no dejó de consolarla, repitiendo palabras de aliento una y otra vez. Poco a poco, Vanesa pareció calmarse, pero su mirada se volvió aún más vacía y distante.
—¡Vanesa! —la llamó Julián suavemente.
Ella lo miró con un gesto robótico.
—No pienses de más. Nada de esto es tu culpa; hiciste todo lo que pudiste —dijo Julián con firmeza—. Vente conmigo. No te quedes en Jalapa. Yo me encargaré de todo lo demás, ¿sí? Hazme caso.
Vanesa permaneció en silencio. Era imposible saber si estaba de acuerdo o no. Solo se quedó mirándolo fijamente.
—Hazme caso. Vente conmigo. Nos volvemos a Boston —insistió Julián con determinación.
El doctor ya se lo había advertido. Lo mejor para Vanesa era salir de Jalapa. Un cambio drástico de entorno podría ayudarla a olvidar el infierno que esa ciudad representaba para ella. Su supuesta calma en ese momento era solo una fachada; cualquier mínimo detalle, cualquier cosa insignificante, podía empujarla al abismo.
Quedarse en Jalapa era un peligro inminente.
Vanesa no respondió. Julián tampoco la presionó más; sabía que, si ella se negaba, se la llevaría por la fuerza si era necesario. Se limitó a seguir arrullándola.
Vanesa se mantuvo sumida en un silencio inquietante, hasta que finalmente levantó la vista y lo miró a los ojos.
—Julián... soy una portadora de desgracias. Si te quedas cerca de mí, tarde o temprano terminarás hundido también —dijo ella con una serenidad pasmosa.
—Tonterías. Yo soy duro de matar. Tú no podrías acabar conmigo —replicó él de forma tajante.
Vanesa no dijo nada más. Estaba exhausta, pero su cuerpo era incapaz de relajarse.
Julián se quedó a su lado hasta que, por fin, Vanesa cayó rendida en un sueño profundo.
Inmediatamente llamó a Javier Solís y ordenó que un jet privado estuviera listo en tres días para volar de Jalapa a Boston.
Pero a veces, parecía que el destino se negaba a darle un respiro a Vanesa.


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