Eran las 10 de la mañana en punto.
El imponente vehículo de Fabio Serrano se detuvo frente a las relucientes oficinas de IGM.
La asistente de Vanesa lo recibió en la entrada principal: —Señor Serrano, la Directora Arias lo está esperando.
Fabio asintió levemente y la siguió con paso firme.
El equipo completo se dirigió a los ascensores de cristal.
El encuentro oficial entre ambas directivas se llevó a cabo en la sala de juntas principal.
En el instante en que las puertas se abrieron, la mirada de Vanesa se posó en Fabio; era un témpano de hielo, profundo y calculador.
Cuando los ojos de Fabio se cruzaron con los de ella, un destello de genuina sorpresa rompió su máscara de frialdad.
Llevaba apenas dos días en Monterrey, y esta ya era la tercera vez que se topaba con esa enigmática mujer.
La primera vez fue en el estacionamiento del aeropuerto, la segunda, en los pasillos del hospital.
Lo que más lo perturbaba era el nombre que compartía con su difunta esposa, y sobre todo, esa mirada inconfundible.
Pero lo que jamás hubiera imaginado era que la mente maestra detrás de IGM Tecnologías de la Información —la empresa con la que su corporativo estaba a punto de firmar un millonario acuerdo— fuera ella.
Un silencio opresivo llenó los pulmones de Fabio por una fracción de segundo.
—Señor Serrano, es un placer —fue Vanesa quien rompió el hielo, extendiendo su mano con una elegancia apabullante y profesional.
Fabio no desvió la mirada ni un milímetro; sus ojos escrutaban cada rincón del rostro de Vanesa.
Acto seguido, estrechó su mano con firmeza: —El placer es mío, Directora Arias.
Vanesa esbozó una sonrisa puramente diplomática y asintió con cortesía.
Su mirada irradiaba un aura distante y gélida, desprovista de cualquier calidez. Se acomodó en la silla ejecutiva que presidía la mesa con la gracia de una reina intocable.
Fabio tomó asiento justo a su lado, en el lugar de honor para el socio principal.
Durante los minutos posteriores, Vanesa no cruzó ni una sola palabra más con él.
La junta dio inicio sin preámbulos.
La pantalla principal iluminó la sala con las proyecciones financieras, mientras el Director Castillo explicaba con gran elocuencia las directrices y estrategias de su colaboración conjunta.
Vanesa aparentaba estar concentrada en la presentación, manteniendo su mirada fija en los números de la pantalla.
Con las manos elegantemente apoyadas sobre su regazo, parecía absorta en el análisis del proyecto.
Pero cada fibra de su cuerpo podía sentir el escrutinio devorador de Fabio, cuyos ojos estaban clavados en ella.
Sin embargo, Vanesa no parpadeó ni un segundo; se mantuvo imperturbable.
Era la primera vez en toda su vida que Fabio Serrano perdía la concentración en una reunión de negocios de tan alto nivel, y todo por culpa de la mujer que tenía a su lado.

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