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EL HOMBRE POR EL QUE LO DEJÉ TODO NUNCA ME AMÓ romance Capítulo 529

—Pequeño, ¿qué haces aquí tú solo? —Vanesa no pudo ignorar la tristeza en su mirada, así que retrocedió, caminó hacia él y se puso en cuclillas para quedar a su altura.

Santiago la miró, con los labios temblando y haciendo un puchero.

No sabía explicar por qué, pero al ver el rostro suave y protector de Vanesa, sus barreras emocionales se derrumbaron. Antes de darse cuenta, se abalanzó sobre ella y le pasó los brazos por el cuello.

Vanesa se quedó paralizada por la sorpresa.

Al instante, sintió la humedad de las lágrimas empapando la tela de su blusa.

—¿Estás llorando? Mi amor, ¿qué pasó? ¿No encuentras a tu familia? ¿Te sabes el número de alguien? Puedo prestarte mi celular para llamarlos —le preguntó Vanesa con una dulzura maternal.

Santiago soltó un sollozo ahogado.

Era exactamente esto.

Esta era la sensación que siempre había soñado.

El abrazo de una madre.

Alguien que lo abrazara con fuerza cuando tuviera miedo y le hablara con esa voz tan cálida.

Y no esa mujer gélida que solo fingía amarlo cuando Fabio estaba cerca, y que lo ignoraba en cuanto se quedaban solos.

Cuanto más pensaba en Giselle, más injusto y doloroso le parecía todo.

Finalmente, Santiago rompió a llorar a mares, aferrado a Vanesa como si ella fuera su única tabla de salvación.

Vanesa no entró en pánico. Se quedó allí, en el suelo del hospital, meciéndolo suavemente y susurrándole palabras de consuelo.

Hasta que el llanto del niño por fin se fue apagando.

—¿Quieres que llame a tu familia? —insistió ella, limpiándole las lágrimas con cuidado.

Fue en ese momento cuando Vanesa notó que el pequeño llevaba puesto el brazalete de identificación del hospital.

—Oh, ¿tú también estás internado aquí? Entonces te llevaré a tu habitación. ¿Recuerdas en qué piso estás? Si no te acuerdas, dime tu nombre y le pregunto a las enfermeras —se ofreció con infinita paciencia.

Santiago negó con la cabeza y se separó lentamente de su abrazo.

Vanesa parpadeó, confundida por el repentino cambio.

—Sé regresar solo. Muchas gracias —dijo Santiago, con la voz todavía rota por el llanto.

Sin darle tiempo a reaccionar, el niño dio media vuelta y caminó de regreso por el pasillo hacia su habitación.

Se sentía avergonzado por haber perdido el control de esa manera.

Tal vez estaba tan desesperado por recibir amor de madre, que había cruzado una línea al arrojarse a los brazos de una extraña.

Pero él conocía su lugar.

Sabía perfectamente qué se le permitía y qué no.

No quería meterse en problemas, y mucho menos causárselos a esa señora tan amable.

Aunque deseaba con toda su alma quedarse un segundo más en sus brazos, su orgullo lo obligó a alejarse.

—Entendido, señor —asintió Carlos.

Salió del auto y se adentró en el hospital a paso rápido.

El chofer miró a Fabio por el espejo retrovisor, esperando instrucciones.

Fabio seguía imperturbable. —Sigue a ese auto.

—Sí, señor —respondió el chofer.

El vehículo de Fabio se deslizó sigilosamente detrás del de Vanesa, manteniendo una distancia prudente para no levantar sospechas.

A las once de la noche en punto, Vanesa llegó a la zona de llegadas del aeropuerto.

El auto de Fabio también entró a la zona de estacionamiento temporal.

Con los ojos entrecerrados, él no apartó la vista de Vanesa en ningún momento.

Su mente viajó a la llamada telefónica que ella había contestado en el restaurante, recordando la asombrosa dulzura en su voz.

Ella había dicho que era su marido.

Entonces... ¿estaba aquí para recogerlo?

Fabio se quedó en silencio. No bajó del auto, prefiriendo observar desde la penumbra.

Hasta que la figura de Vanesa se perdió entre la multitud de la terminal.

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