El beso penetró centímetro a centímetro, calando hasta los huesos. Julián sabía que, pasara lo que pasara, jamás dejaría ir a Vanesa.
Solo cuando a ella le empezó a faltar el aire —y él tampoco estaba mucho mejor—, finalmente la soltó.
La respiración de Julián era errática. Sin decir una sola palabra, se limitó a mirarla. Vanesa también trataba de recuperar el aliento.
Él levantó la mano y le acarició los labios con suavidad.
—Vane, que no se repita.
Se refería, por supuesto, al incidente de esa noche.
Vanesa asintió.
—De acuerdo.
Julián no añadió nada más. Salió del auto, rodeó el capó y le abrió la puerta del copiloto. Vanesa bajó.
Ambos habían recuperado la compostura, y la asfixiante tensión de hacía unos minutos parecía haberse esfumado. Él le tomó la mano, entraron al ascensor y se dirigieron directamente a su habitación.
El doctor ya los estaba esperando. Vanesa no se resistió; dejó que la examinara hasta que confirmó que estaba fuera de peligro. Solo entonces Julián pudo respirar tranquilo.
—Señor Jiménez, la dosis fue muy alta, así que todavía quedan algunos residuos en su sistema. Le receté unos medicamentos y le administré una inyección; con eso lo metabolizará sin problema —le informó el doctor en voz baja.
Julián asintió sin decir más. Sin embargo, el doctor tenía suficiente experiencia como para darse cuenta de lo que Vanesa había vivido. Pero, como Julián no sacó el tema, él prefirió guardar un prudente silencio y se retiró al instante.
Una vez solos, Julián se acercó a Vanesa justo cuando ella terminaba de tomarse las pastillas.
—Vete a descansar —le indicó.
Ella asintió y caminó hacia el baño para ducharse.

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