Pero la duda seguía ahí, martillándole la cabeza sin descanso.
Especialmente después de haberse acostado con Vanesa, la sospecha había echado raíces profundas.
Era demasiada familiaridad. Se habían conocido íntimamente en el pasado, y al volver a tenerla cerca, la memoria de su piel le gritaba que era ella. Vanesa compartía los mismos gestos imperceptibles, los mismos puntos sensibles al tacto.
Precisamente por eso, Fabio sentía un oscuro impulso de enredarse aún más con ella. Sus exigencias nacían de un deseo primitivo, pero también de una necesidad obsesiva por desenmascararla.
El silencio gobernó la oficina por unos minutos.
De repente, el celular de Carlos vibró. Al ver el número, contestó de inmediato.
—Entendido. Dame un segundo —dijo Carlos antes de colgar y mirar a su jefe con cierta aprensión.
—Acaban de llamar de los medios locales. Los paparazzi le tomaron fotos a usted con la Directora Arias. Los editores interceptaron el material y quieren saber qué instrucciones tiene al respecto —informó Carlos con cautela.
En Jalapa, ningún portal de chismes se atrevía a publicar algo relacionado con la familia Serrano sin antes pasar por el filtro de Carlos Medina. Él, a su vez, consultaba con Fabio.
Así había funcionado durante años. Giselle Rivas había intentado crear escándalos para hacerse publicidad infinidad de veces, y Fabio siempre los aplastaba antes de que vieran la luz. Por eso la presencia pública de Giselle como su pareja se había mantenido al mínimo.
No era que Fabio la odiara; simplemente le asqueaba que ella usara su nombre para trepar. Y, sin embargo, los años que habían compartido hacían que sus sentimientos hacia ella fueran un enredo complicado.
Pero ahora, frente al inminente escándalo con Vanesa, la reacción de Fabio fue desconcertante.
—Ignóralos —ordenó sin pestañear.
Carlos parpadeó, incrédulo.
—Pero... ¿y la señora? ¿Y doña Graciela...?
—Dije que no hagas nada. Si tienen algún problema con eso, que vengan a hablar conmigo directamente.
—Sí, señor. Entendido —asintió Carlos, obediente.


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