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EL HOMBRE POR EL QUE LO DEJÉ TODO NUNCA ME AMÓ romance Capítulo 82

Fabio había perdido la paciencia por completo.

Toda esa máscara de falso afecto que había usado con ella se había hecho añicos.

—¡Vigílenla bien! Si algo sale mal, me lo pagarán muy caro —ordenó Fabio nuevamente a los guardaespaldas.

Acto seguido, sin perder ni un segundo más, cargó a Giselle en brazos y salió a toda prisa.

El caos en la habitación del hospital tardó bastante en disiparse.

Incluso quedó un ligero olor a sangre en el aire.

—Permítame curarle la herida —dijo la enfermera, todavía asustada.

Vanesa se quedó inmóvil, dejando que la enfermera le limpiara el rostro.

Cuando terminó, la enfermera, temerosa de quedarse, salió corriendo del cuarto.

Al instante, los guardaespaldas entraron a la habitación para mantenerla bajo estricta vigilancia.

Vanesa los miró con una frialdad mecánica, sin mostrar reacción alguna.

Mucho menos algún signo de querer alterarse.

Simplemente se apoyó en la cama, en un estado de duermevela, hasta que la noche cayó por completo.

Al día siguiente, cuando le dieron el alta, Fabio no se presentó.

Estaba en una reunión con Bruno Velasco, pero con un semblante terriblemente sombrío durante todo el encuentro.

—¿Vanesa te está dando dolores de cabeza? —preguntó Bruno sin rodeos—. Hoy sale del hospital, ¿no tienes miedo de que haga una locura si no vas a vigilarla? La verdad, no imaginé que el Patriarca Serrano dejaría una cláusula bajo la manga, se nota que realmente le tenía aprecio.

Ese comentario le arrancó a Fabio una risa despectiva: —¿Qué locura va a hacer con su miserable vida? ¿De verdad crees que sería capaz de deshacerse del niño que lleva dentro? No lo hará. Por más humillada que se sienta, tendrá que aguantarse y dar a luz.

—¿Entonces ya no se van a divorciar? —arqueó una ceja Bruno.

—¿Y cómo lo hago? El testamento del abuelo me tiene contra la pared. Exige un hijo dentro del matrimonio y además tiene que ser de Vanesa —la mirada de Fabio se oscureció aún más.

Bruno lo miró, a punto de decir algo.

Pero antes de que abriera la boca, el teléfono de Fabio vibró. Era una llamada de su guardaespaldas.

Contestó de inmediato: —¿Cuál es la novedad?

El doctor y las enfermeras estaban estupefactos.

Había manchas de sangre fresca en la cama, señal clara de que el estado de Vanesa era inestable.

—¡Son un atajo de inútiles! ¿Ni siquiera pueden vigilar a una mujer embarazada? —rugió Fabio, furioso—. ¡Díganme qué diablos pasó!

Y le lanzó una tremenda patada a uno de los escoltas.

El hombre se estrelló contra el marco de la puerta, con el rostro contorsionado por el dolor.

Pero aun así se apresuró a explicar: —En la madrugada, la señora nos dijo que le dolía el vientre y que estaba sangrando. Llamamos al doctor de inmediato para que la revisara. Pero cuando el doctor entró, ella ya no estaba. Solo había dejado una grabación reproduciéndose que decía que estaba en el baño. Para cuando nos dimos cuenta, ya no había rastro de la señora en todo el hospital.

—¡Revisen las cámaras de seguridad! —ordenó con voz sombría.

—Ya lo hicimos, y no hay ningún registro de la señora en las cámaras del hospital —el guardaespaldas también estaba desconcertado.

—¡Imposible! Vuelvan a buscar. Pongan a todo Jalapa patas arriba, ¡pero tienen que encontrarla! —gritó Fabio, perdiendo los estribos por completo.

Solo entonces los presentes en la habitación se dispersaron a toda prisa.

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