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EL HOMBRE POR EL QUE LO DEJÉ TODO NUNCA ME AMÓ romance Capítulo 90

Al segundo siguiente, él ya estaba parado frente a ella, mirándola desde arriba.

—La familia Urbina manda en el ejército, y el engreído de Dante, por ser el niño mimado, cree que puede hacer lo que le venga en gana. Pero si se llega a filtrar que anda de enredos con una mujer casada, me gustaría ver si podrá seguir viviendo la gran vida en Nueva York —lanzó Fabio con desprecio.

Acompañó sus palabras con una risa maliciosa: —¿De verdad crees que los Urbina se quedarán de brazos cruzados mientras Dante arrastra su buen nombre por el lodo?

—¡Eres un canalla! ¡Dante solo me ayudó por bondad! —exclamó Vanesa, fulminándolo con la mirada.

—¿Yo un canalla? ¿Y él, que se mete con mi mujer, es un santo? —le recriminó él.

—Tú... —Vanesa se quedó sin palabras de la rabia.

—Regresa conmigo —ordenó Fabio, harto de discutir sobre ese hombre.

Temía perder los estribos y cometer una locura.

Pero Vanesa no se movió ni un milímetro, manteniéndose firme en su posición.

Él frunció el ceño, y la poca paciencia que le quedaba se esfumó.

Estaba a punto de abrir la boca, cuando ella soltó una carcajada llena de sarcasmo.

—No puedes hacerle nada a Dante —aseguró ella con total convicción—. Los Urbina son intocables. Y como lo que más te importa son tus negocios con la familia Salazar, no vas a arriesgarlo todo por un berrinche tuyo.

Hablaba con tal frialdad que su mirada parecía traspasarlo.

Era la indiferencia de alguien que ya no esperaba absolutamente nada.

—Claro, crees que porque tienes a Vicente en tus garras, me tienes a tus pies, ¿no es así? —continuó, manteniéndose erguida con dignidad.

La burla en sus ojos se intensificó, pero su determinación era inquebrantable.

—Fabio, no nos conoces a Vicente ni a mí. Mi hermano amaba la libertad y los deportes extremos desde niño; estar atado a una cama de hospital es peor que la muerte para él. Y tampoco entiendes lo que nos une. En la situación en la que me has puesto, no puedo ayudarlo. Si Vicente llega a irse de este mundo, sé que desde arriba no me lo va a reprochar.

Pronunció cada palabra con claridad meridiana, sin apartar la mirada ni un segundo de los ojos del hombre.

—En cambio, tú... tú estás desesperado por el bebé que llevo aquí adentro. Sin él, dile adiós a la herencia de los Serrano —y con esas palabras, hundió el cuchillo justo en su punto más débil.

Capítulo 90 1

Capítulo 90 2

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