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EL HOMBRE POR EL QUE LO DEJÉ TODO NUNCA ME AMÓ romance Capítulo 94

—¿Acaso no crees que soy capaz de hundir a Dante Salazar ahora mismo y arruinar su reputación para siempre? —los ojos de Fabio estaban inyectados en sangre, y sus nudillos palidecieron por la fuerza con la que aferraba el cuello de la camisa de Vanesa.

Vanesa respiraba con dificultad, el terror se reflejaba claramente en su mirada.

—La familia Urbina jamás tolerará que Dante se involucre en un escándalo tan bochornoso. Con una sola palabra suya, toda su operación en Nueva York se irá al infierno. Y quizás sea lo mejor, así de una vez por todas dejas de soñar con escapar —soltó Fabio, riendo con desprecio.

Su actitud implacable no le dejaba a ella ninguna salida; era de una crueldad despiadada.

—Y tienes razón —añadió, bajando la voz y mirándola con prepotencia—. Yo no me enfrentaría directamente a la familia Urbina, pero sé exactamente qué hilos mover para que sean ellos quienes destruyan a Dante, ¿lo entiendes?

El rostro de Vanesa se volvió del color de la ceniza.

Se sentía como una maldición, arrastrando a la desgracia a todos los que la rodeaban.

A su hermano gemelo, Vicente Arias; ahora a Dante; e incluso a la criatura inocente que crecía en su vientre.

El peso de la culpa la empujaba peligrosamente hacia el abismo.

Al perder el control de sus emociones, el estado físico de Vanesa, que parecía haber mejorado, se desplomó de golpe.

Sintió un dolor agudo y punzante en el vientre.

Esa sensación conocida la llenó de pánico.

Pero Fabio solo la observaba, sin mover un dedo.

—¡Fabio, fui yo la que pidió el divorcio! ¡Nadie más tiene que ver en esto! ¿Por qué tienes que arrastrar a todos a tu infierno? —le gritó, desesperada.

Él no cambió de expresión. —Porque sé que eso es lo único que te duele. A mí no me interesa el proceso, Vanesa, solo me importa ganar.

Sus dedos ásperos se deslizaron de manera repulsiva por los labios de ella.

E incluso tuvo el descaro de acercarse y rozarla provocativamente.

Cada movimiento estaba cargado de arrogancia, demostrando que sentía que tenía la victoria asegurada.

Como si le hubieran robado el alma, sus piernas cedieron y cayó pesadamente al suelo.

Sobre la fina madera del suelo, comenzó a escucharse el goteo constante de un líquido.

La sangre había traspasado la tela de su vestido, manchando el piso a su alrededor.

Eran claros síntomas de una pérdida inminente.

Al ver aquello, el rostro de Fabio se transformó en pura desesperación.

Recordó las advertencias que le había dado el doctor: el embarazo de Vanesa era frágil, no podía sufrir ningún tipo de estrés emocional.

Por muy fuerte que fuera el bebé, no podría soportar tanto daño continuo.

Preso del pánico, marcó al 911 a toda velocidad, y de inmediato la tomó en brazos.

—Te llevo al hospital ahora mismo —dijo Fabio, con la voz temblorosa, invadido por un miedo irracional.

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