Ante el cuestionamiento de Vanesa, Fabio guardó silencio.
A ella no le importó su falta de respuesta y, con calma, terminó de exponer su punto: —Esa es mi única condición. Si puedes cumplirla, no habrá divorcio.
Lo estaba acorralando sin piedad.
Era, probablemente, la primera vez en toda su vida que sentía que perdía el control absoluto de una situación.
Una profunda frustración lo asfixió por completo.
Su mirada seguía clavada en ella, sin ceder ni un milímetro, y con un tono autoritario ordenó: —Vanesa, hablaremos de esto cuando volvamos a casa.
Pero ella no se movió.
Fabio extendió la mano, intentando agarrarla de nuevo.
En ese preciso instante, el teléfono de Vanesa comenzó a vibrar. En la pantalla brillaba el nombre de Dante Salazar.
El rostro de Fabio se oscureció de inmediato.
Vanesa lo comprendió al instante: cuando la Señora Celia salió, debió haberse preocupado por ella y le avisó a Dante.
Por eso la estaba llamando con tanta urgencia, temiendo que estuviera en peligro.
Pero, para su desgracia, Fabio estaba ahí.
No tenía intención de contestar; no quería desatar una tormenta innecesaria.
Sin embargo, su marido no pensaba lo mismo. Antes de que ella pudiera reaccionar, le arrebató el aparato de las manos.
—¡Devuélvemelo, es mío! —exclamó Vanesa, mirándolo con horror.
Sin pensarlo, se abalanzó sobre él para quitárselo.
Ambos forcejearon.
Pero la diferencia de fuerza era abismal; Vanesa no era rival para él.
Fabio ya había contestado. Al otro lado de la línea, la voz ansiosa de Dante resonó por el altavoz: —¡Vanesa! ¿Dónde estás? Enviaré a Ramiro Castro a buscarte. No te preocupes por mí, ese infeliz de Fabio no puede hacerme nada. Solo vete con Ramiro.



VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: EL HOMBRE POR EL QUE LO DEJÉ TODO NUNCA ME AMÓ