Estefanía asintió suavemente, mientras decía:
—Sí, es hora de que regrese.
La mención de separarse hizo que la expresión del hombre se tornara un poco sombría, pero no se negó. Tampoco podía. Ya no estaban casados, aunque… no pudo evitar recordar cómo él la había defendido como su esposa hacía unos instantes.
—Cristian, ya no somos un matrimonio —le recordó, entrando al ascensor cuando las puertas se abrieron para ellos.
—¿Y? ¿Quieres regresar a decírselo? —replicó Cristian, mirándola fijamente mientras se encogía de hombros sin el menor remordimiento.
No era tonta, sabía que hacerlo le quitaría su protección. Sin embargo, quiso marcar un límite.
—Aprecio que me defiendas por el bebé —murmuró, deteniendo el paso al fondo de la cabina—, pero no puedes seguir tomando el control de mi vida como si aún tuvieses derecho a hacerlo.
Sus palabras no parecieron surtir ningún efecto.
Cristian se limitó a observarla. Sus ojos marrones, profundos e increíblemente magnéticos, no se despegaban de los suyos ni un solo instante.
En el reducidísimo espacio del ascensor, aquella mirada lograba que la atmósfera se volviera sofocante. Sin embargo, ella ni siquiera podía calificar esa opresión como algo desagradable; por el contrario, la falta de aire, lejos de empujarla a marcar distancia, la atraía hacia él con una fuerza inevitable, como si ambos estuvieran condenados a comportarse como dos imanes.
—Está bien... no me meteré donde no deba —murmuró él con voz ronca, bajando la vista hacia sus labios por una fracción de segundo antes de volver a encontrarse con su mirada—. Pero si necesitas ayuda en algún momento, no dudes en llamarme.
Su tono era sorprendentemente suave en comparación con el del hombre implacable de hacía unos minutos.
No pudo evitar ruborizarse, bajando ligeramente la vista para romper la intensidad de sus ojos marrones.
—Gracias... lo tendré en cuenta —asintió con una timidez que no pudo ocultar.
El silencio volvió a caer sobre ellos, mientras ella hacía cualquier cosa menos mirarlo.
Pero nunca había sido buena idea que los dos estuvieran solos en un mismo espacio.
Nada más recordar lo que había ocurrido en la camioneta le hacía sentir un calor inexplicable y el deseo de repetirlo de nuevo.
Inquieta, Estefanía frotó sus muslos de forma sutil, cambiando el peso de su cuerpo de una pierna a otra en un intento por disimular la incómoda y repentina electricidad que recorría su vientre. Sin embargo, aquel leve roce no pasó desapercibido.
De inmediato, sintió sobre ella la mirada de Cristian: oscura, pesada y calculadora, clavándose en sus movimientos con la precisión de un depredador que conocía exactamente lo que estaba pensando.
El ambiente se cargó de excitación al instante. Sabía, con dolorosa certeza, que si los segundos en ese compartimiento se prolongaban un poco más, habrían terminado cediendo al deseo y teniendo sexo de nuevo.
Sin embargo, para desgracia de ambos, las puertas del ascensor se abrieron de par en par antes de que alguno de los dos pudiera hacer el menor movimiento.
Cristian le hizo espacio y ella salió primero, caminando a paso apresurado, como si necesitara huir desesperadamente de su mala influencia. La mala influencia que él representaba con la simple y aplastante fuerza de su existencia.
Vaya hombre para hacerle perder la cabeza.
—Por favor, llévame de regreso al hospital.
Necesitaba recoger su auto y regresar con Javier.
—Como desees —se limitó a responder él, detrás de ella.
En cuestión de minutos estuvieron en el lugar.
Estefanía se mordió el labio inferior, apretando la manija de la puerta con un poco de resistencia. Se suponía que debía tirar de ella, salir a la calle y despedirse de una vez por todas, pero el simple gesto de avanzar le estaba resultando absurdamente difícil.
Y no debería ser así.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El juguete del abogado