—Te irás —aquello ya estaba más que decidido—. Pero primero vamos a casa. Necesitas al menos dos meses de recuperación.
—Dos meses… —bufó Javier, levantándose con resignación.
Estefanía lo vio moverse de aquella manera torpe, luchando contra el dolor.
—Javi, deja que…
—Estoy bien —la tranquilizó él, terco, queriendo demostrarle que podía valerse por sí mismo.
—De acuerdo —asintió ella, dándole un poco de espacio—. El auto está por aquí. Ven.
Estefanía caminó hacia el lugar indicado, sin dejar de mirar ansiosamente hacia atrás. No quería que se cayera o se lastimara más.
Pero Javier ni siquiera había querido que lo ayudara con la bolsa de pertenencias que le habían entregado al darle el alta.
Repetía una y otra vez que no necesitaba ayuda.
Al llegar a la casa, su hermano apenas observó a su alrededor.
—Javi, pasa por aquí —lo guió con entusiasmo—. Te mostraré tu habitación. ¿Recuerdas que de niño dijiste que…?
Pero entonces él se detuvo y la miró.
Sus ojos decían un claro «cállate» que la dejó congelada en su lugar.
Estefanía solo pudo abrir la puerta de la habitación mientras lo hacía pasar.
Javier se quedó de pie en medio de la recámara —que por orden suya había mantenido la misma apariencia de antes, de cuando eran niños— con una mano empuñada al costado de su cuerpo.
—Quiero estar solo —soltó con aspereza.
Y en la misma posición, esperó a que ella se marchara y cerrara la puerta.
—Está bien.
Estefanía no alcanzó a ir muy lejos cuando escuchó un estruendo.
—¡Javier! —gritó, volviendo sobre sus pasos con el rostro pálido.
Abrió la puerta de golpe y la escena le encogió el corazón. En el suelo yacían los restos destruidos del barco de madera que su padre le había tallado a mano cuando era pequeño, estrellado en mil pedazos contra la pared.
Javier ni siquiera pestañeó. Con el tórax agitado y el puño aún temblando por el esfuerzo, clavó en los escombros una mirada cargada de repulsión.
—¡No! ¡¿Qué hiciste?! —se lamentó ella, arrodillándose en el suelo para recoger los pedazos.

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