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El juguete del abogado romance Capítulo 153

—¡¿Papá, cómo puedes permitir que me hagan esto?! —se quejó Valeria entre susurros, claramente insatisfecha con la situación.

Acababa de llegar a la empresa. Su padre había mandado un auto para que la recogiera personalmente, sin dejarle espacio para negarse.

—Solo hazlo y ya —dijo Richard de forma severa.

—¡Papá!

El hombre sabía que esta era una medida extrema.

Valeria era hija única; su madre había muerto hacía cinco años y, desde entonces, se había dedicado a consentirla sin ningún tipo de reserva. Como resultado, su hija no conocía el significado de la palabra perder. Eso no estaba en su vocabulario.

—Te compensaré más tarde con cualquier cosa que quieras —intentó negociar—. Pero ahora pide una disculpa.

La mujer, que ahora sabía que se llamaba Estefanía, estaba sentada en un sofá de cuero del área de descanso de su oficina. Apenas unos minutos antes, su asistente le había servido una taza de infusión de manzanilla, caliente y completamente segura para el embarazo. Sostenía la porcelana con ambas manos, dando pequeños sorbos muy lentamente mientras los miraba de reojo, apenas registrando lo que pasaba.

Cristian, por su parte, continuaba de pie a pocos pasos de ella, negándose rotundamente a bajar la guardia. Su vista no se despegaba de ellos, escudriñándolos con frialdad, como si los culpara abiertamente por hacerle perder su valioso tiempo.

—Bueno, ya está bien, Valeria. Solo hazlo —se hartó él también, queriendo terminar con este asunto.

La muchacha, sintiéndose completamente humillada y expuesta por su propio padre, percibió cómo sus ojos se humedecían con impotencia, pero no pudo hacer otra cosa que dar un paso al frente, muy lentamente.

—Lo siento... ¿de acuerdo? —soltó Valeria sin mirar a nadie en particular, rodando los ojos con una mueca de fastidio que no alcanzó a esconder a tiempo.

Estefanía detuvo la taza justo antes de tocar sus labios, mientras el ambiente se cargaba de un aire peligroso.

—¿Esos son los modales que te enseñan en casa? —intervino Cristian, con una voz tan helada que hizo que la joven se estremeciera en su sitio.

Richard sintió que la sangre le hervía.

Aquella insinuación iba directo hacia él, como si le gritara en la cara que no había sabido criar a su propia hija.

—¡Valeria! —la reprendió, alzando la voz con una severidad que ella jamás le había escuchado—. ¡Mírala a los ojos y hazlo bien!

Esta vez Valeria no pudo contener las lágrimas.

Su propio padre le había gritado delante de estos desconocidos.

El hombre que juró protegerla y consentirla en todo ahora la abandonaba a su suerte.

Todo por esta maldita mujer…

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