—¡Feliz cumpleaños, Javier!
Con emoción, Estefanía entró en la habitación de su hermano sosteniendo un pastel.
Había pasado un mes desde que había recibido el alta médica.
Las heridas de Javier estaban completamente cerradas, dejando en su piel un par de cicatrices.
Su hermano se quedó sentado en la orilla de la cama, mirándola desde ahí.
En los labios del muchacho se dibujó una pequeña sonrisa, mientras daba un par de palmadas en la cama y la invitaba a acompañarlo.
Ella lo hizo.
Se sentó a su lado, pero primero lo obligó a soplar la velita del pastel.
—¡Pide un deseo!
Javier la miró intensamente y, sin despegar los ojos de los suyos, sopló la vela haciendo que la brillante llama se apagara.
La curiosidad pudo más que ella.
—¿Qué pediste?
La mano de su hermano se posó suavemente sobre su vientre, que con apenas diez semanas de embarazo mostraba una curva casi imperceptible.
—Pedí que tú y el bebé estén bien... y que sean muy felices —murmuró, sin romper el contacto visual.
No pudo evitar conmoverse. Sus ojos se empañaron levemente mientras esbozaba una sonrisa tierna.
—Se suponía que era un deseo para ti, Javi... Algo que tú quisieras.
—Esto es lo único que deseo —respondió él con firmeza, dejando en claro que no había nada más en el mundo que le importara en ese momento.
—Está bien —se rindió al fin, dejando el pastel a un lado y abrazándolo fuertemente.
Estefanía no sabía por qué, pero aquello se sentía como una despedida. Y ella odiaba las despedidas.
—¿Por qué lloras? —preguntó él al sentir el calor de sus lágrimas humedeciendo la tela de su camisa.
—Perdón, es que… siento que en cualquier momento vas a volar muy lejos de mí —susurró ella, escondiendo el rostro en su cuello mientras lo abrazaba con más fuerza, como si de verdad temiera que desapareciera en cualquier instante—. Te miro y sigo viendo al niño pequeño que corría detrás de mí, pero de pronto ya eres todo un hombre... Y me da pavor aceptar que creciste, Javi. Que ya no me necesitas como antes.
Durante un par de segundos no hubo respuesta hasta que él la apartó suavemente y tomó sus manos entre las suyas.
—Ya no tienes que preocuparte más por mí —la miró a los ojos con una seriedad que le encogió el corazón—. Te agradezco todo lo que has hecho, todo lo que me has cuidado... Espero que algún día pueda ser el tipo de hermano del que te sientas orgullosa. Pero a partir de aquí, Estefanía, ya no soy tu responsabilidad ni una carga para ti.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El juguete del abogado