El avión despegó y Estefanía se quedó de pie, pegada al gran ventanal de la sala de embarque. Con la mirada fija en las nubes por donde su hermano acababa de desaparecer.
De una manera tonta y un poco exagerada, sentía que su vida acababa de perder sentido.
Durante años se había evocado tanto en cuidar de Javier, que ahora que se había ido no sabía qué hacer.
“A partir de aquí, Estefanía, ya no soy tu responsabilidad ni una carga para ti…”
Sus palabras regresaron y esa sensación de pérdida la invadió con mayor fuerza.
«¿Lo hice bien?», se preguntó en silencio, mientras las lágrimas corrían por sus mejillas, empapándola entera y sumiendo su corazón en una indescriptible tristeza. «Papá, mamá, perdónenme. No pude cuidarlo como ustedes lo harían».
Estefanía dio media vuelta y, con el corazón hecho pedazos, se dispuso a seguir adelante con su vida.
Pero ese día no pudo hacer otra cosa que llorar. Llorar por la partida de su hermano. Llorar por la muerte de sus padres, que nunca pudo superar, y llorar porque se sentía más sola que nunca.
Al llegar a casa, consiguió el lugar completamente vacío. Se quedó de pie bajo el umbral, observando la sala donde ahora había muebles distintos y un silencio sepulcral.
Por un instante, la nostalgia jugó con su mente y creyó ver las sombras de su pasado cobrar vida entre los rincones. Le pareció escuchar el eco lejano de la voz de su madre llamándolos a cenar desde la cocina; vio la silueta de un Javier pequeño saltando de un lado a otro sobre el sillón viejo, y la figura cansada de su padre cruzando la puerta tras un largo día de trabajo, regalándoles esa sonrisa cálida que tanto extrañaba.
Pero los fantasmas de la memoria se disiparon en un parpadeo.
No había risas, no había voces, no había nada. La dura realidad la golpeó de frente: ninguno de ellos estaba ya. De verdad se habían ido para siempre.
Estefanía sintió que las paredes del lugar se le venían encima. Quiso salir corriendo de allí, huir sin rumbo, escapar de esa realidad que tanto se había negado a aceptar.
De pronto, el silencio de la casa desapareció, reemplazado por el chillido ensordecedor de unos neumáticos.
Humo.
El llanto desolado y aterrorizado de Javier, pequeño, atrapado en el asiento trasero.
Su propio grito.
—¡Mamá! ¡Papá!
La punzada de dolor en su pecho le hizo caer de rodillas.
Era su culpa.

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