Estefanía quiso preguntarle por qué le importaba tanto, pero entonces recordó al bebé, ese lazo que compartían y compartirían por siempre.
Bajó la mirada instintivamente y observó su propio vientre.
Se suponía que había vida allí dentro, aunque todavía no se notaba.
Con cuidado llevó su mano hasta la zona y no pudo evitar que más lágrimas se le escaparan mientras cerraba los ojos, conteniendo el dolor en su pecho.
—Mamá será fuerte. Lo prometo, mi pequeño —habló a la criatura que claramente no la escuchaba.
Pero esa promesa, más que para su hijo, era para sí misma.
Necesitaba pronunciar esas palabras en voz alta. Creerlas hasta que fueran una realidad.
Cuando abrió los ojos de nuevo, se encontró con aquella mirada capaz de helarle la sangre a cualquiera, una que solía imponer dominio ante el resto del mundo. Sin embargo, en ese instante, en sus pupilas solo había dulzura, casi ajena a su naturaleza, reservada únicamente para ella.
—Mañana a las ocho de la mañana tienes consulta con un terapeuta.
Estefanía lo miró, aún con la mano sobre su vientre, sin terminar de procesar sus palabras.
—Comienza a cumplirle esa promesa a nuestro hijo desde ahora —añadió él con firmeza, sin dejar espacio a ninguna objeción.
—¿Ya arreglaste una cita? —volvió a quedarse boquiabierta.
—Solo necesito hacer una llamada para eso.
Su tono no era el de una persona que se jactara de su poder o su posición, sino el de alguien dispuesto a mover el cielo y la tierra con tal de protegerla.
—Yo... podría buscar ayuda por mi cuenta —balbuceó ella, intentando aferrarse a un último hilo de control sobre su vida.
—Puedes —consintió Cristian, mirándola con serenidad—. Pero lo haré yo.
Luego de aquella declaración quedaron en silencio. Uno cómodo.
Estefanía no sabía exactamente cómo comportarse ante una visita que ni siquiera había invitado.
Peor aún, él no era un visitante cualquiera: era su exesposo, el padre del hijo que esperaba y el único hombre al que, muy a su pesar, seguía amando.
El tiempo separados no había hecho otra cosa que afianzar en su corazón ese amor. Un amor que muy probablemente nunca olvidaría.
Bien dicen que el primer amor jamás se olvida, pero en su caso, Cristian era una marca a fuego en su piel; un veneno latiendo en sus venas que la consumía por completo, sin importar cuánto intentara huir.
«¿Quería huir?», se terminó preguntando en silencio.
Estefanía lo miró fijamente y luego sacudió la cabeza de forma imperceptible, recordándose a sí misma todas las razones por las cuales no debería estar con él.
—¿Qué pasa? —le preguntó el hombre al notar que parecía estar luchando contra algo.
Y sí, luchaba contra sí misma y sus sentimientos hacia él.

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