—Me contaste que cuando tus padres murieron terminaste en una institución con tu hermano —comenzó el doctor, observándola con atención—. ¿Cómo fue esa etapa para ti?
Fugazmente, Estefanía recordó los miedos de aquel momento.
No terminaba de entender que se habían quedado solos en el mundo cuando fueron a dar a aquel orfanato.
Tantos niños que, como ella, lloraban por las noches, atormentados con pesadillas de una familia que no volvería.
Ella se unió al grupo, pero tenía una misión más allá de lamentarse por sí misma.
—Javier era muy pequeño. Yo solo quería protegerlo. Me aseguraba de que comiera, de que no tuviera miedo... Se convirtió en mi prioridad absoluta.
—Le diste todo el amor y la protección de los que eras capaz, Estefanía —resaltó el terapeuta con voz tranquila—. Pero tú también eras una niña en pleno duelo. Al volcarte por completo en ser su refugio dentro de ese orfanato, asumiste una postura de madre para evitar derrumbarte tú misma ante la pérdida de tus padres.
—Ellos murieron por mi culpa... Yo le quité a sus padres —murmuró, cerrando los ojos mientras se le escapaba una lágrima—. Si no me hubiera portado como una caprichosa esa noche…
El doctor la escuchó en silencio antes de responder con voz serena:
—No destruiste a tu familia, Estefanía. La carretera, la noche, un segundo de mala suerte... eso provocó el accidente. Tú solo eras una niña.
—Pero… —apretó los puños, negando con la cabeza, incapaz de soltar la culpa.
—Cargaste con esa deuda imaginaria para darle un sentido a una tragedia que simplemente no lo tenía —continuó—. Convertiste el cuidado de tu hermano en tu penitencia, en la forma de pagar por un crimen que jamás cometiste.
Un sollozo desgarrador se le escapó del pecho; todo era tan real, tan cierto.
—Afrontar la muerte de tus padres exige aceptar que no tuviste el control —añadió el médico—. Lo que le diste a tu hermano fue amor, pero no puedes seguir usando la maternidad como una moneda de pago para perdonarte la vida.
Estefanía bajó la mano instintivamente hacia su vientre, sintiendo el impacto de esas palabras calar muy profundo en su interior.
—Para ser la madre que tu hijo necesita —concluyó el terapeuta—, primero tienes que absolver a esa niña asustada. La muerte de tus padres no fue tu culpa.
Las sesiones con el doctor se convirtieron en un refugio donde, poco a poco y sin prisa, comenzó a desarmar la culpa que llevaba años aplastándole el pecho.
Una tarde a la semana, la pantalla de su teléfono se iluminaba con la videollamada de Javier.

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