Estefanía tuvo dificultades para aceptar que había permanecido en coma durante tres meses.
Tres meses que le habían robado momentos demasiado importantes: la primera vez que su pequeño abrió los ojos, cada cambio imperceptible en su rostro, y la oportunidad de alimentarlo, un dolor físico en sus pechos que le recordaba que ya no era posible, que había perdido para siempre esa conexión intima.
Fue inevitable no sentir tristeza.
Sus ojos se humedecieron y las lagrimas se deslizaron por su mejilla de forma natural.
Estaba fuera de peligro y podría regresar a casa, conocer a su pequeño, ver su carita… pero no podía devolver el tiempo y eso era algo que siempre lamentaría.
—¿Cómo es... cómo es él, Cristian? —preguntó con la voz temblorosa, observando al hombre a su lado.
Cristian alzó la mano y, con la yema del pulgar, le limpió con suavidad las lágrimas que le mojaban la mejilla.
—Es un travieso —respondió con una leve sonrisa, de esas que solo aparecían cuando la miraba—. Berrinchudo como su mamá... Apenas llegó a casa, hizo que instalara la cuna en mi habitación, porque no quería separarse de mí ni un segundo, quería estar todo el tiempo encima mío. Sin duda, se parece a ti. Son igual de intensos los dos.
Estefanía soltó una risita, a pesar de las lágrimas que aún le brillaban en los ojos, y lo empujó en el pecho con fingida indignación.
—Lo haces sonar como si fuera una acosadora...
El hombre aprovechó la oportunidad para apresar su mano a la altura de su pecho.
El corazón bajo su palma acostumbrado a latir a un ritmo constante sin sobresaltos, ahora experimentaba un pequeño vuelco que delataba, sin que hiciera falta decir una sola palabra, la felicidad que le causaba tenerla de vuelta.
—Definitivamente parece que todavía no has recuperado todos tus recuerdos.
—¿Qué dices? —trató de soltarse ella, aparentando no saber de lo que hablaba.
—Digo que se te olvida que, incluso con la barriga, te la pasabas acosándome día y noche, suplicando que te hiciera el amor como si tu vida dependiera de ello —la forma en que lo decía era de lo más casual, sin pudor ni vergüenza, inconfundiblemente Cristian.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El juguete del abogado