Su hijo era la perfección hecha carne.
Tenía unos cachetitos redonditos, teñidos de un suave sonrojo, que parecían dos manzanas de caramelo listas para morderse, mientras que sus labios, pequeñitos y delicados, reposaban en un puchero tierno.
El corazón de Estefania se derritió, enamorándose de ese pequeño ser que había creado junto al hombre que amaba.
—Míralo, Cristian... Es hermoso —susurró, alzando la vista hacia él, quien no se apartaba de su lado.
Cristian se acercó y estiró un dedo. De inmediato, la diminuta mano del bebé se cerró alrededor de su dedo con fuerza, como si estuviera saludando a su padre. Su mano era enorme en comparación, haciendo que el pequeño se viera todavía más frágil.
Estefanía se maravilló al ver la escena.
—Parece que te conoce bien —murmuró con suavidad.
—Ya te lo dije, es un acosador como su madre.
Ella no pudo evitar refunfuñar. Ni siquiera en un momento así se portaba con seriedad.
—Eres un tonto —reprochó, deseando apartarlo de un manotazo.
Pero para llevarle la contraria como siempre, Cristian se inclinó un poco más, rodeándola con un brazo sin soltar el dedo del bebé. No necesitaba tomar una fotografía y verla para saber que eran la viva estampa de una familia que al fin estaba completa.
Estefanía lo supo con absoluta certeza al ver a Sonya, de pie junto a la cama, cubriéndose la boca con un pañuelo mientras lloraba a moco suelto, incapaz de contener la emoción ante la escena.
—Ay, discúlpeme, señora... es que no puedo evitarlo —balbuceó ella entre sollozos al sentirse expuesta.
Pero Estefanía no la estaba juzgando, negó suavemente con la cabeza, mientras el llanto de la mujer terminaba por contagiarla.
—No tienes de qué disculparte, Sonya... Al contrario, gracias por cuidar de ellos —murmuró con gratitud, extendiendo una mano para tomar la de la mujer con profundo afecto.
Durante la siguiente hora, Sonya la guio con paciencia: le enseñó la postura exacta para sostener al niño sin forzar sus bracitos, la técnica precisa para sacarle los gasecitos tras la leche, la forma correcta de inclinar el biberón y, como detalle fundamental, la canción que le gustaba que le tararearan para dormir.

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