A Estefanía le restaba por lo menos una semana más en el hospital. Entre rehabilitación, reeducación muscular para recuperar la fuerza y constantes evaluaciones médicas, los días fueron pasando.
Sabía que Javier la había visitado cuando estaba inconsciente y que conseguir permiso en la academia era toda una odisea. No era cuestión de capricho; después de haber atravesado un momento tan difícil, necesitaba verlo con desesperación. Así que no dudó en recurrir a las influencias de su esposo.
Sí, Cristian seguía siendo su esposo. Vaya hombre más calculador.
Estefanía decidió no enojarse por algo que debió haber intuido desde el principio: ¿en qué universo Cristian le iba a conceder el divorcio así de fácil? Sin duda, la culpa era suya por haber sido tan ingenua.
Pero valiéndose de que él seguía siendo su marido ante la ley, logró mover los hilos necesarios hasta contactar con los altos mandos de la academia militar. Por ende, Javier no tardaría en cruzar esa puerta.
Tal como se había dispuesto, esa misma tarde la figura de su hermano menor —que en definitiva ya no tenía nada de chiquito— atravesó el umbral de la habitación.
—Estefanía... —murmuró él apenas la vio.
Ella, sentada de lado al borde de la cama, intentó incorporarse de inmediato, pero Javier se apresuró a acortar la distancia:
—Espera, no te muevas.
Apenas llegó a su lado, Estefanía se dejó caer entre sus brazos con los ojos anegados en lágrimas.
Javier la levantó con facilidad y ella enterró el rostro en su hombro, dejando escapar una risita ahogada entre sollozos.
—Vaya... Mira cómo has crecido —murmuró con ternura, aferrada a su cuello—. Ya hasta puedes cargarme tú a mí.
No supo de dónde vino el recuerdo, pero de la nada la invadió la imagen de Javier cuando era un recién nacido. Ella era apenas una niña cuando su mamá se lo puso en los brazos, pidiéndole con cuidado que aprendiera a sostenerlo.
—El tiempo no perdona, ¿verdad? —susurró ella con una sonrisa nostálgica.
—Ya deja de hablar como una anciana —replicó él, sacudiendo la cabeza como si la regañara—. Cuéntame mejor, ¿cómo te sientes?
Javier la depositó con sumo cuidado de regreso sobre la cama y se sentó en la orilla, a su lado.
—¿Cómo crees que puedo sentirme? —suspiró ella, acomodándose un mechón de cabello tras la oreja—. Estuve durmiendo tres meses enteros… me perdí de demasiadas cosas, pero ya no puedo hacer nada. Y a todo esto, dime la verdad: ¿me extrañaste?
Estefanía no pudo evitar lanzarse al ataque, abrazándolo de nuevo.
Javier ni siquiera hizo el menor intento de esquivarla.
Su hermanito tendría que perdonarla por la intensidad, pero sabía muy bien que, a partir de ahora, los momentos en los que podrían estar así serían contados.
Por lo pronto, solo quería tener una merecida recarga de hermanos.
—¿Si te digo la verdad, me sueltas? —negoció él, fingiendo que sus abrazos eran la peor de las torturas.
—Suena tentador, pero no sé si quiera dejar de abrazarte así —hundió la cara en su pecho con dramatismo.

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