Tras escucharla, Javier no pudo evitar agudizar la mirada. A Maya apenas le había dedicado un vistazo fugaz aquella vez, pero las conclusiones que sacó en ese entonces habían sido simples: la chica no la estaba pasando bien, ya sea por un tema económico o de trato, pero algo en ella no encajaba.
—¿Crees que Cristian pueda ayudarte a dar con su dirección? —preguntó, sintiendo una repentina urgencia por buscarla.
—¿Irás a su casa? No creo que sea conveniente, Javier —murmuró Estefanía, negando con la cabeza—. Ya tiene su propia vida, su nueva familia y su espacio. Es una regla: no podemos perturbar a los que están empezando de nuevo.
—No lo entiendes... Su madre adoptiva murió y ella... —La frase se cortó en sus labios, incapaz de completar la idea que acababa de formarse en su mente—. Esto no puede esperar. Necesito verla.
—¿Murió su mamá...? —se sorprendió Estefanía con los ojos muy abiertos.
Sí, esa parte había olvidado decírsela.
—Eso me dijo la última vez —respondió él, apretando la mandíbula.
En ese entonces estaba inmerso en sus propios problemas y no prestó atención a los detalles.
Y vaya detalles.
—Oh, pobrecita... —No pudo evitar lamentarse Estefanía, llena de compasión como siempre—. Perder de nuevo a su madre. Es un doble duelo, debe estar muy triste.
Javier negó con la cabeza, aterrizándola con frialdad:
—Lo que pueda estar llorando por la muerte de su mamá no es exactamente lo que me preocupa.
—¿Qué quieres decir? —preguntó su hermana, frunciendo el ceño con desconcierto.
O Estefanía era demasiado inocente, o él era quien estaba exagerando. Sí... seguramente estaba exagerando.
¿Qué tan dañada se debía tener la mente para pensar en una opción tan perturbadora?
Quizás solo estaban atravesando una crisis económica tras el funeral y él se estaba montando películas en la cabeza.
Sea lo que sea, decidió que quería comprobarlo con sus propios ojos; solo así podría cerrar el tema para siempre.
Javier se puso de pie, caminando hacia la salida, mientras insistía:
—Necesito la dirección.
—Está bien... —Cedió Estefanía tras sopesarlo unos segundos—. Le pediré a Cristian que nos ayude.
Definitivamente, las fuentes de Cristian eran más que eficientes, porque no tardó en recibir una dirección en la pantalla de su teléfono.
El primer mensaje era una ficha que su hermana le había reenviado:
«Maya Silva. Padres adoptivos: Roberto Silva y Elena Navarro (fallecida hace 10 meses). Dirección: 7421 Whispering Pines Rd, Oakhaven»
Abajo, casi de inmediato, entró el segundo mensaje de Estefanía:
«Si vas, por favor, no llames a su puerta, solo mira desde lejos. No queremos que su papá se enoje. No vaya a pensar mal de nosotros o a armar un escándalo»
—Bien, sería una inspección silenciosa —murmuró para sí mismo antes de teclear una respuesta.
«No te preocupes, no la molestaré»
[…]
Javier tuvo algunas dificultades para dar con el lugar.
El vecindario era un sector apartado, de calles estrechas y rodeado por una arboleda.
Cuando por fin el taxista logró ubicar la zona, pagó el viaje y bajó, avanzando a pie por el camino.
Justo en ese momento, la puerta principal de la casa se abrió.
Un par de hombres salieron conversando en voz baja, despidiéndose con un apretón de manos de un sujeto corpulento, de cabello entrecano, que supuso debía de ser el nuevo papá de Maya.
Por un momento tuvo la loca idea de acercarse y preguntarle directamente dónde estaba ella.
Eso simplificaría mucho las cosas, pero recordó las palabras de Estefanía y la advertencia de no perturbar la vida de la muchacha.

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